UNA NUEVA ETAPA (CXLVII)

Cuando nos quedamos solos, Gabi y yo pudimos dar esparcimiento más libremente a nuestras pasiones; hablar sin recato y decirnos monerías sin que la guardiana de mi hermana estuviera delante y viera algo que, desde hacía años, ambas calificábamos de cursiladas. Lo mejor de todo fue que el transcurso de las horas nos favorecía; el ambiente se iba tornando propicio a nuestros sentimientos. No queríamos llegar demasiado tarde a casa, pero no les importaría que no fuéramos a cenar; yo no solía hacerlo cuando quedaba; y esa ocasión lo merecía. De todos modos, lo advertí con un mensaje.

Entramos en uno de los pocos bares que había en mi pueblo; una taberna de mala muerte del estilo de la de Moustache, pero con una clientela algo diferente. Quienes frecuentaban el local eran personas sencillas, que se reunían para hablar en un ambiente que podríamos llamar familiar, tanto acerca de asuntos propios como ajenos. En realidad, ahí teníamos menos intimidad que con Sara. Todos, desde los dueños hasta el último comensal, me conocían, igual que yo a ellos. Eso puede ser acogedor, sobre todo si nunca has salido del pueblo y tienes cierta edad; pero, si has tenido ocasión de vivir en la ciudad y estás en la flor de tus días, con un chico, te expones a cientos de preguntas y de chismes.

-Aquí todos nos conocemos. Si me metes la lengua hasta la campanilla, mañana apareceremos en el periódico local.

-¿Tenéis periódico local?

-La chismografía. Pero no podemos hacer nada; en cualquier bar me conocen; y si volvemos a casa, ya no podremos dar otro paseo. Quiero estar contigo a solas en la muralla. Además, no van a decir nada que mis padres no sepan. ¿Que me comes la boca? Lo más natural del mundo.

-¡Laura! ¡Cuánto tiempo!

Era Estela, la dueña del bar, que lo regentaba con su marido. La teníamos ante nosotros con una libreta en una mano y un bolígrafo en la otra. Era una mujer robusta, entrada en carnes. Le tenía aprecio; la conocía desde niña, cuando empezara a frecuentar la taberna con mis padres. Le había cogido un aprecio especial.

-¡Desde que te fuiste a la capital no te había visto! ¡Veo que vienes bien acompañada!

-Hola, Estela. Éste es Gabi, mi novio; ha venido a pasar unos días.

-Un placer -dijo Gabi, al sentirse aludido, con una sonrisa.-.

-Pues me alegro mucho. Pero a ver si os pasáis más por aquí, que una cosa es que durante el curso estés allá, y otra que en vacaciones nos dejes de lado. Que parece que la señorita se esté aburguesando.

-Vamos, Estela, no digas eso, que sabes que te quiero mucho.

-Pues demuéstralo, que llevabas más de un mes en el pueblo y no has venido hasta hoy. Y ahora decidme qué os pongo, que mi marido se está comiendo toda la faena él solito y ya me está mirando mal.

Nos pedimos dos bocadillos de lomo con tomate y tortilla francesa, acompañadas por unas cervezas, y nos los tomamos con calma. Por suerte, el local estaba muy concurrido; ello daba trabajo a los dueños, que no hallaban hueco para acercarse a nosotros con sus donosas reprimendas ni podrían interrumpir una cena que se nos habría indigestado de de haberlos tenido rondando como moscardones. Es lo que tiene la afabilidad de los pueblos; una confianza que en ocasiones se hace insoportable; pero que aquella noche, después de tanto tiempo, volvió a ser confortable.

Autor: Javier García Sánchez,

desde las tinieblas de mi soledad,

06-05-2018.

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