UNA NUEVA ETAPA (CXLVIII)

Salimos del bar hacia las once. Dejé a los dueños con la firme promesa de regresar pronto, antes de que se acabaran las vacaciones y tuviera que volver a la capital; seguramente al día siguiente. Se quedaron con los más trasnochadores, todos conocidos; algunos, tipos sensatos; otros, simples borrachos que no tenían remedio. Pero todos, eso sí, oportunos para hacer caja.

Cuando nos marchamos ya había oscurecido, obviamente. Dimos un paseo por el pueblo, ya con el sosiego de no tener encima el sol sofocante de la tarde. Caminamos a pasos lentos, apoyados el uno en el otro, dejando muchos minutos al silencio, a veces canturreando por mi parte, ambos con la vista puesta en el frente; un frente donde las tinieblas se desgarraban por la luz que caía sobre ellas; una luz pálida, que bañaba de tonos invernales los muros de las casas. La gente ya se había recogido a sus viviendas; así ocurre en este pueblo tan acogedor. Algunas parejas mayores, pocas, estaban sentadas en la puerta, recostadas sobre hamacas, recibiendo el aire relajante y charlando.

Conforme nos acercábamos a las afueras del pueblo iban menudeando las farolas, al compás que llegábamos a zonas menos habitadas. Ahí el paisaje, que en otras noches se presentaba opaco, aquella vez estaba iluminado por la luna llena, que oportunamente se había prestado a seguirnos de cómplice y de guía entre aquellas ruinas, siempre revestidas de algo como sagrado, que se mezclaban con la sensualidad y el romanticismo de que eran testigos esos muros, que tantas caricias y besos habían visto. ¡La de experiencias que había tenido yo, la mayoría iniciadas en aquella decrépita muralla y acabadas en la cama de algún amigo!

Pero aquélla iba a ser distinta; aquélla sería con alguien que de verdad era especial; todo quedaría en un momento mágico; en sentir su torso pegado a mi pecho y sus labios abrasando los míos. ¿Cómo hacer que todo terminara ahí? Desatar un incendio y esperar a que se apagara de manera espontánea era una locura; pero era lo que entonces quería; Y, si Gabi se dejaba llevar, sería porque pensaba como yo.

Llegamos a la muralla y nos apretamos con recogimiento. Algunos restos se ofrecían a la vista con su tonalidad amarillenta; en otros puntos la roca aparecía desgastada; a veces había algún graffiti reivindicativo, o los típicos corazones adolescentes con las iniciales de esos amantes tan jóvenes como cursis; o, lo que era peor, dibujos de lo más soeces. Nunca he entendido a los chicos que, siendo heteros, gustan de dibujar sus genitales, como si en realidad tuvieran algún tipo de represión y lucharan interiormente contra su homosexualidad.

Pero no toda la muralla aparecía iluminada, como era obvio. A falta de farolas, la luz de la luna no alcanzaba a todos los rincones, que se convertían en lugares idóneos para acechar sin ser visto, o simplemente para correrse una juerga. No era raro oír jadeos que revelaban al paseante que en esos puntos oscuros se escondían al menos dos personas, siempre con un poco de miedo de ser descubiertos y un poco de excitación por el peligro.

Ahí recostados, apretado mi cuerpo al de Gabi, tuve la certeza de que estábamos solos; que por fin podíamos devorarnos salvajemente; y así empezamos a hacerlo. Pero, pasados unos segundos, oí una risita de mujer que no me era del todo desconocida. Me asaltó un pensamiento, pero pronto deseché la idea; esas risitas se confunden muy fácilmente. Pero por unos segundos abrí los ojos, sorprendida por el rumor; y e ese instante fugaz vi el rostro pálido en que había pensado. Pero, ¿había sido ella, o sólo un producto de mi imaginación, sugestionada por la risita que había creído reconocer? Y su imagen había durado un suspiro, el tiempo que tardara en desvanecerse con aquél que estuviera con ella.

Autor: Javier García Sánchez,

desde las tinieblas de mi soledad,

07-05-2018.

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