UNA NUEVA ETAPA (CLI)

-¡Sara! ¡¿De dónde coño vienes!?

Aún con el cuchillo en la mano, la agarré con la que me quedaba libre y me la llevé al comedor. Fue un acto reflejo, instintivo. Ella parecía paralizada por la impresión que le causó verme en tal estado. Sólo cuando cerré la puerta de la sala dijo:

-¡Laura! ¡Deja eso, por favor! ¡Me estás asustando!

-¡¿Que deje el qué!? ¡¿Esto -dije, mientras blandía el cuchillo y miraba alternativamente a mi hermana y el arma-!? ¡¿Esto te asusta!? ¡Para susto el que nos has dado tú a nosotros!

-Habla por ti. Seguro que Gabi no se lo ha tomado tan a pecho. ¿Verdad que no, Gabi -preguntó, buscando con la mirada su auxilio.-?

-¡No seas perra y no lo metas en esto! ¡Siempre vuelves a casa a medianoche, dices que estás cansada y te acuestas! ¡Y esta noche vienes a casi las dos! ¡Pensaba que estabas en la cama y que nos querían entrar a robar!

-¡¿Pero quieres parar!? ¿estás paranoica!? ¡No va a entrar ni Jack el destripador, ni Billy el niño ni nadie!

-¡¿Y tú cómo lo sabes!?

-Laura, tía, baja ese cuchillo, por favor. Gabi está asustado de verte así.

La muy ladina siempre conseguía desarmarme. Apelaba a otras personas para que ejercieran una cierta presión y me aplacaran; pero en aquella ocasión era diferente. La rabia por su actitud, puesta a la defensiva y tratando de apoyarse en Gabi, me impulsaba a asir el cuchillo con mayor fuerza, aunque no fuera a emplearlo. Era como un seguro contra mí misma, que impedía que saltaran los resortes de mi cólera. Sabía que si dejaba el cuchillo, mi mano se estamparía autoritariamente contra su cara.

-¡Te he dicho que no metas a Gabi en esto! ¡¿Me has dado un susto de muerte y ahora quieres que me calme!? ¡¿De dónde vienes!?

-De dar una vuelta. No eres la única que sale por las noches.

-¡Pero tú nunca vienes a estas horas! ¡Es normal que me acojonara ver que alguien giraba el pestillo!

-Pues esta noche vine más tarde. ¿Cuál es el problema?

-Creo que pensaste que Gabi y yo pasaríamos la noche fuera, o que vendríamos después de ti, y con esa excusa querías regresar a casa más tarde que de costumbre, y nadie se enteraría.

-¡Laura, tía, estás paranoica perdida!

-¡Sí! ¡Yo estoy paranoica perdida, pero he dado en el clavo; y eso es lo que te jode!

-¡¿Qué pasa!? ¡¿No puedo tirarme un tío si me apetece!?

-¡Claro que puedes! ¡Pero nunca nos hemos ocultado nada! ¡Y ahora, pretender aprovecharte de la visita de Gabi para esto…!

-¡Vale tía, lo admito! ¡He metido la pata! ¡Pero creo que no es para tanto!

-Mira, Sara, no tengo ni idea de por qué te lo callas, pero tu actitud me jode; estoy nerviosa y tengo un cuchillo. Esta noche no dormí apenas; a pesar de todo, al pasar el día con Gabi me he despejado. Y lo he pasado de puta madre, hasta este último incidente. Haz lo que te dé la gana. Yo estoy hecha mierda. Me voy a follar con la almohada.

Abrí la mano y la dejé inerte: el cuchillo cayó al suelo. Había conseguido desahogarme. Me di media vuelta y me retiré a mi cuarto. ¿Qué pesaba más en mí? ¿El cansancio por la noche en vela?, ¿La rabia porque mi hermana me mintiera?, ¿La curiosidad por el misterio que me ocultaba? No podría asegurarlo. En cualquier caso, verla llegar a esas horas, como se sorprende a un ladrón en flagrante delito, me reafirmaba en mis sospechas de que había sido su risita la que había escuchado en la muralla, como suyo había sido el rostro que por un fugaz instante se me cruzara.

Autor: Javier García Sánchez,

desde las tinieblas de mi soledad,

11-05-2018.

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