UNA NUEVA ETAPA (CLIV)

-Tú hay algo que te callas. No sé qué es ni por qué te callas, pero rompiste tu rutina, y llegaste a casa más tarde porque pensabas que nosotros aún no habríamos vuelto. A mí me da igual la hora a la que regreses; pero me llevé un susto de muerte, porque no te esperaba.

-Y Gabi se lo llevó cuando te vio con el cuchillo.

-¡¿Quieres no meterlo por en medio!?

Me enervaba esa actitud. Era como querer cogerlo de rehén para hacerme callar. Y mi hermana no podía pedirle su opinión; era ponerlo en una encrucijada. Si mi actitud de verdad le había intimidado, no se atrevería a declararlo en público. Aquél era un golpe bajo por parte de Sara.

-Cariño, di algo.

Dijo mi madre, mirando a mi padre con voz suplicante. Cuando mi hermana y yo nos enzarzábamos, su poder parecía diluirse; se sentía empequeñecida; se menguaba su autoridad, a la par que nosotras nos crecíamos, alentadas por nuestra cólera. El tono de voz airado y autoritario de nuestro padre, con su voz grave, era lo único que ponía freno por unos minutos a nuestra trifulca; aunque en el fondo no era más que una tregua. El problema siempre continuaba ahí, hasta que expusiéramos nuestras razones y todo quedara aclarado; o hasta que el tiempo hiciera que nos olvidáramos y borrara nuestras heridas. Aquella vez, no obstante, mi padre se mantuvo al margen.

-El pollo está riquísimo. Y la sopa de ajo me ha encantado; estaba insuperable.

No acostumbrábamos a ver esas actitudes burlescas en mi padre. Era obvio que estaba disfrutando de la comida; era el único que lo hacía, de hecho. Mi madre, con un tono de piel blanquecino, casi espectral, no le preguntaba por eso, sino que quería que pusiera paz en aquella guerra; pero mi padre parecía divertido, o acaso curioso, queriendo explorar los razonamientos que exponía cada una. Era como el pirómano que se extasía al contemplar la magnitud del incendio que ha creado. Y pensar que aquello ocurría mientras nosotras nos desangrábamos, con Gabi en medio de aquel linchamiento… Aún hoy no acierto a comprender el porqué de aquel comportamiento.

-¡Ya te he dicho que no metas a Gabi! ¡El pobre ha venido a estar conmigo y a conoceros, y no es justo que lo metas en este lío; y menos tú, que eras la que más ganas tenía de que viniera!

-Sólo quería saber su opinión.

-Ya, claro. Y va a decirla libremente, sin ningún tipo de presión, cuando está rodeado por las dos, que estamos alteradas. Por favor, Sara, no me hagas esto. O, mejor dicho, no se lo hagas a él, que nada tiene que ver. Ayer todos estuvimos muy a gusto. Ahora sólo te pido que me olvides durante día y medio; que no hagas que se marche antes de tiempo o que se vaya disgustado. Ha venido con mucha ilusión, con la misma con que le he recibido yo. Si no quieres estar de buen rollo, allá tú; no es mi problema. Pero espérate; ya nos tiraremos de los pelos cuando estemos a solas. Además, sólo tendremos que aguantarnos una semana; luego me voy a su pueblo; y el curso empieza en nada.

Mi hermana no contestó. Con su silencio parecía aprobar táctitamente mis palabras. Bajamos la cabeza y empezamos a tomar la sopa de ajo sin mencionar palabra, cada uno rumiando para sus adentros lo que había sido aquel cruce de acusaciones. Mi madre, recuperando el color de cara; Gabi, con respiros pausados; mi hermana y yo, recelosas la una de la otra. La sopa de ajo estaba fría, pero no importaba. Mi padre tenía razón; estaba deliciosa.

Autor: Javier García Sánchez,

desde las tinieblas de mi soledad,

15-05-2018.

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