UNA NUEVA ETAPA (CLVI)

Aquella tarde mi hermana salió, como tenía por costumbre. Serían las seis cuando, todavía con un viento de poniente que agotaba a cualquiera, se marchó. Francamente, no podía entender qué la apremiaba a salir. Si hubiera podido ir con un aparato de aire acondicionado incorporado, habría tenido cierta lógica; pero es que a esas horas el poniente era tan insoportable que, aunque es sol se encontrara ya en el inicio de su ocaso, uno podía sentir cómo el aire le azotaba a cada paso con bocanadas de fuego; el sudor seguía brotando en gruesas gotas de las caras de las personas, empapadas, como sus camisetas, que mostraban a la altura de las axilas manchas de humedad que les daban una tonalidad más oscura. Al menos eso era el aire libre, y ello impedía que se concentraran los olores; pero no quería ni pensar en cómo sería aguantar un viaje en metro en la capital, con tantas personas sudadas; o, sin ir tan lejos, compartir un solo minuto en el ascensor de mi finca. Dos cuerpos transpirando de aquella manera provocaban una fetidez muy difícil de tolerar. Aquel calor no había desodorante que lo aplacara.

En cualquier caso, mi hermana volvió a largarse; y, aunque me picaba la curiosidad del porqué de aquel comportamiento tan robótico, tan repetitivo, al margen de los extremos del clima, no pensaba detenerme en averiguar lo que pasaba por su mente; para ello tenía tiempo de sobra cuando volviera a quedarme sola; bastaría cogerla en cualquier momento y encerrarme con ella para tener una charla. Pero entonces su ausencia me devolvía la tranquilidad que había perdido la madrugada anterior, cuando llegara a casa tan de improviso que casi me provoca un infarto. Pero, tras nuestro enfrentamiento, volvíamos a distanciarnos. Ni esa tarde ni la del día siguiente la pasaría con nosotros.

En cuanto a Gabi y a mí, creo que fuimos más racionales que Sara; o, al menos, no teníamos nada que nos impeliera a salir. Era más cómodo estar por la calle y gozar de tanta libertad, sin que nos cohibiera la presencia de mis padres en el comedor o en su dormitorio; pero con aquella temperatura, como ya he dicho, no era aconsejable; podíamos esperar un poco.

De momento, preferimos quedarnos en mi cuarto; cerramos la puerta y nos sentamos en la cama como mejor pudimos para ver una película en el portátil. Con la persiana bajada, para aislarnos de los gritos de los vecinos y de una luz exterior que surgía de aquel día que lentamente expiraba, encendimos el flexo del escritorio, que, situado al otro extremo de la habitación, nos alumbraba de una manera lejana. Era como un cine en miniatura, aunque más incómodo, por carecer de esos asientos tan mullidos y tener que recostar las cabezas en la pared; con una pantalla que, en vez de cubrir toda la sala, teníamos que sostenerla sobre las piernas; con un volumen que, antes que retumbar en el espacio, en ciertas ocasiones nos forzaba a aguzar los oídos. Pero en lo que sí era igual era en la pasión con que compartíamos aquel instante; en esas risas cómplices y en esas miradas soñadoras, con los ojos entornados, casi adormecidos, apoyados el uno en el otro, a pesar de que la luz del portátil nos reflejara. La película tan sólo se encargaba de generar el ambiente; las voces se convertían en un dulce susurro y nos embargaban en otro mundo, en otra atmósfera. Más allá de la habitación, de nuestras caricias y de nuestros besos nada había. Durante aquellas dos horas, aquel reducido espacio lo era todo para nosotros.

Autor: Javier García Sánchez,

desde las tinieblas de mi soledad,

17-05-2018.

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