UNA NUEVA ETAPA (CLVII)

Poco antes de las nueve nos marchamos, después de haber visto la primera parte de Cuaderno de muerte. Tal como me sugirió Sara, había una película sobre el manga; era japonesa, y se dividía en dos partes. Los doblajes eran bastante malos, así como los actores, que en el momento de morir sobbreactuaban mucho; pero ver una película japonesa era una novedad para mí; y además ésa, que me había sugerido mi hermana, y que ya no veríamos juntas.

Por razones obvias, aquella noche el paseo se redujo mucho. Cuando salimos, ya tarde, fuimos directos a hacerle la visita prometida a Estela y su esposo. Encontramos el bar casi tal como lo habíamos dejado la noche anterior; abarrotado de parroquianos. Según nos dijo la camarera, el trasiego de personas había sido constante a lo largo de la jornada, a pesar de las elevadas temperaturas; y eso se reflejaba en el buen humor de la señora, que nos miraba con las mejillas encarnadas por el continuo trabajo, por el calor y por la tranquilidad que le proporcionaba saber que el negocio iba bien. Y es que aquella situación, que tantas veces veía, me desconcertaba; me provocaba una especie de desprecio, que derivaba en una risita burlona en mi interior, y lástima, por ver hasta qué punto estábamos perdidos como pueblo y como sociedad.

Y es que no era sólo cosa de mi pueblo, sino que también lo había visto en la capital. No importaba que la gente estuviera desempleada o que ganara un sueldo de miseria. Nunca faltaban a un bar donde gastar buena parte del dinero que llevaban encima, siempre para embriagarse, incluso desde las primeras horas de la mañana. Yo también lo había hecho durante mi etapa de instituto; me tomaba litros de alcohol que me provocaban una resaca del quince al día siguiente. Pero una cosa era hacer eso con quince años, dos o tres noches por semana, con tus amigos, para acabar quemando  ese alcohol en una discoteca y en una cama; y otra cosa muy distinta era hacerlo desde antes de mediodía, tomarse un descanso para comer y continuar a la noche, como si se tratara de una medicina; Amstel 33 cl. Consúmase de manera frecuente; cuanta más, mejor, decía para mí con sorna. Y lo más irónico era que, cuanto más pobres, más bebían, menos pensaban; y todo, a fin de cuentas, se convertía en un círculo vicioso del que nunca escaparíamos. Gabi tenía razón; estábamos perdidos como especie. Los pocos que nos dábamos cuenta de aquel montaje nos veíamos impotentes para cambiar nada. Lo único bueno era que el negocio de mis amigos parecía asegurado; mientras hubiera gente en el pueblo, no faltarían clientes dispuestos a ahogar sus penas en litros de cerveza; o para festejar que su equipo de fútbol había ganado la liga; o para festejar que una vecina se casaba con el hijo del fontanero de enfrente; o que un tipo se había comprado calzoncillos nuevos. Nunca faltaría un motivo para matar neuronas.

Y ahí nos encontrábamos nosotros, frente a aquellos asesinos en serie, suicidas inconscientes que se mataban con ceremoniosa lentitud ante un televisor que no cesaba de emitir la eterna droga. Creo que entonces, tan felizmente acompañada por Gabi, fue cuando empecé a odiar a mis vecinos por toda aquella inconsciencia. A todos los conocía, y nada malo me habían hecho; pero notaba que su horizonte de expectativas no era el mío; que sus pasiones, que en otras ocasiones me habían sido indiferentes, ahora me repugnaban.

Autor: Javier García Sánchez,

desde las tinieblas de mi soledad,

18-05-2018.

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