UNA NUEVA ETAPA (CLIX)

Sometido mi ánimo a aquel vaivén de emociones extremas y opuestas, una vez más conseguí un sueño profundo; una honda calma que me permitió relajarme. Abrazaba la almohada y la estrechaba casi con ternura, mientras mi mente vagaba en medio de su mundo, haciendo reales mis fantasías inconscientes y otras que no lo eran tanto, como aquéllas que me forjaba despierta acerca de cómo serían mis días futuros; qué esperaba de mi existencia una vez que me había inmerso en una carrera y había conocido a Gabi, o incluso a Luis, a quien no me atrevía a apartar del todo de mi vida; no sólo por la aventura que habíamos tenido, sino por aquella antigua charla de que hice mención tantas páginas atrás, así como de nuestro último contacto en la Universidad. Sé que suena raro, pero todo este enorme mare magnum de ideas flotaba en mi cerebro durante mi sueño.

Un sueño que, aunque intenso, se vio perturbado a media noche. De nuevo oí un forcejeo con el pestillo, y desperté con mi habitual alarma. Presioné la luz que iluminaba el despertador y comprobé que eran las cuatro. Durante unos segundos me debatí. ¿Qué debía hacer? ¿Salir disparada hacia la cocina y agarrar el cuchillo, como la noche anterior? No; la idea no me convencía. El altercado con mi hermana estaba demasiado reciente para que tuviéramos una nueva discusión. Quizá no fuera ella; quizá de verdad entraran a robar y nos agredieran; pero ya no me importaba; no quería arriesgar otro ridículo como el de la víspera. En cambio, llegaba a contemplar con cierto regocijo la idea de que nos asaltaran, por el simple hecho de restregarle a mi familia en la cara su temeraria actitud. Ya me veía tendida en el suelo, bañada en mi propia sangre, sin apenas fuerza para articular palabra y retorciéndome en la agonía, y aún con los últimos estertores de vida decirles a todos Os lo advertí.

Sería sólo por unos segundos, un placer efímero, más breve que un orgasmo; pero qué inefable satisfacción ver mi victoria ante el resto. Y, ya inmersa en esta cavilación, me preguntaba quién sería el primero en caer. Si el asesino pasaba por el comedor, sería Gabi; si no lo hacía, sería yo; Sara ocupaba la habitación más cercana al cuarto de mis padres, por derecho de primogenitura. En el primer caso, los gritos de Gabi despertarían a todos, y tal vez pudieran reaccionar, por la distancia respecto a los dormitorios; en el segundo, quitando de mi novio, que podría huir, seguramente estaríamos todos perdidos.

Sí. Sé que todos éstos son pensamientos muy truculentos y macabros; pero me asaltaron con la misma intensidad que antes los sueños. Pensaba en esa hipotética muerte que en breve me aguardaba, y no le temía. Acaso en aquel entonces tuve un nuevo flirteo con las parcas, como el que había tenido hacía un año, aunque ya sin ningún temor. ¿Era en verdad aquello deseo de muerte? ¿Latía en mi inconsciente la posibilidad del suicidio? Aún hoy me lo pregunto. No era la primera vez que pensaba en atentar contra mi cuerpo, si nería la última.

Esperaba ansiosa el desenlace de la intriga cuando oí que se abría la puerta del cuarto de Sara; la luz se encendía; el bolso caía sobre una silla. Ya la veía quitarse los vaqueros y acostarse con todo el maquillaje en la cara. Ahí acababa mi sueño de muerte. Enhorabuena, hermana, me dije, no eres tan vieja ni tan rancia como pensaba.

Autor: Javier García Sánchez,

desde las tinieblas de mi soledad,

21-05-2018.

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