UNA NUEVA ETAPA (CLXI)

-Lo siento otra vez. Creo que la visita no está siendo lo que esperabas; y yo tampoco lo esperaba, la verdad. Mi familia nunca ha sido la más feliz del mundo; pero no creía que las cosas salieran así.

-Estate tranquila, cariño. Entre nosotros todo está bien. Lo demás son accidentes que no se pueden evitar. Tú no sabías que iba a pasar así; no puedes controlarlo todo. De modo que no te agobies.

-¿Tu familia se parece a la mía?

-Más de lo que crees. Ya te he hablado de mi hermano. Mi relación con él no es como la tuya con Sara; él me saca cinco años; y eso, unido a la lesión cerebral que tengo, hace que a menudo adopte comportamientos paternales conmigo, o que intente anular mi voluntad. Como respuesta, yo me altero, y ahí surgen las discusiones. Por eso te decía que en el fondo nuestras familias no son tan diferentes.

-¡Vaya! ¡Menudo alivio -dije, con sarcasmo-!

-Sí. Y lo bueno es que con esto me has quitado la presión. Ahora, por desagradable que sea lo que encuentres cuando vengas a mi casa, sé que lo dejarás pasar -respondió, con una sonrisa cómplice que trataba de contagiarme su buen humor-

-Gracioso -dije, con un mohín de burla-. Entonces, ¿quieres decir que nos esperan unos días como los que hemos pasado acá?

-No forzosamente, pero es muy probable; aunque mi hermano, como ya sabes, se quedó muy impresionado al verte; y eso me hizo ganar puestos en su escala de valores. Es por ello que tal vez las cosas sean distintas ahora. En cualquier caso, no pienses en la semana que viene; piensa en el ahora; en que ahora estamos juntos, y nos quedan la tarde y la noche.

Algo más hablamos aquella tarde, completamente insustancial para la crónica de mi vida que ahora refiero; y que, por tanto, prefiero callar. por temor a ser tediosa y extenderme en comentarios de nulo valor para quienes algún día habrán de leer estas pobres letras.

Aquella tarde el calor también era intenso, pero esta vez, por ser la última que pasaríamos juntos en el pueblo, decidimos salir, aunque nos asáramos. No me quedaba nada por enseñarle; lo poco que tenía que conocer, lo conoció el primer día; así que le sugerí ir al modesto cine que teníamos, un cine antiguo, con una sala pequeña y asientos no demasiado cómodos, pero que nos permitirían pasar a gusto un par de horas, protegidos por el aire acondicionado. Sólo había una película, y era de reestreno, pero por un precio muy asequible; de manera que compensaba, siempre que no se tratara de la típica americanada de violencia, que se me hacía vomitiva. Por suerte, eso no solía pasar. La mayor pega para mí era que, precisamente por estar en mi pueblo y conocer a mis vecinos, no podía repetir ahí la escandalosa escena de la capital, cuando tantas personas nos lanzaron miradas asesinas por cuchichear en medio de la sala.

Por suerte, el ayuntamiento de mi pueblo, que desde hacía unos años tenía tintes más progresistas, estaba más interesado por fomentar la cultura; y ello le empujaba a sufragar en parte los gastos del cine y a participar en la compra de documentales y películas que obedecían a cine más alternativo, sobre todo europeo, que abordaba cuestiones sociales o históricas, incluso. Huir del cine gringo era para mí casi una seguridad de que la película sería agradable; por lo menos, soportable. Entonces tendríamos que portarnos bien, para evitar chismes, pero no importaba. En dos semanas podríamos volver a hacer travesuras en la capital.

Autor: Javier García Sánchez,

desde las tinieblas de mi soledad,

24-05-2018.

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