UNA NUEVA ETAPA (CLXIV)

A la mañana siguiente nos levantamos temprano. Fue la primera vez en todos aquellos días que me desperté a una hora decente. A las diez ya estábamos los dos en la cocina, tomando aquel único desayuno que compartíamos en todo el fin de semana. Ya había olvidado lo delicioso que era el café por las mañanas; el aroma del café recién hecho, que acababa de despejarme con su delicioso sabor. Era una de las pocas cosas que podían compensar la molestia que me causaba abandonar la cama a aquellas horas

Fue también la primera vez que me levanté antes que Sara, que tuvo que esperar a usar el cuarto de baño a que Gabi y yo termináramos de asearnos para salir. Fue una pequeña venganza; verla con aquella pinta, con esos pelos de loca. Aunque ya la había visto así muchas veces, sabía que le incomodaba mostrarse con tal facha delante de mi novio. Además, nunca le gustaba esperar; y ahora no le quedaba otro remedio.
Que el día era pesado quizá no valdría la pena de mentarlo siquiera. Acabamos tomando un taxi para salvar la breve distancia que nos separaba de la estación; una distancia que se acrecentaba con aquel fuego y con el peso del equipaje. Había que deshacer el camino que habíamos realizado tres días antes. Nuestros labios volverían a sellarse en el andén, pero ya no como un signo de bienvenida, sino como una separación momentánea, como queriendo dejar en la boca del otro el germen de la nostalgia para que le esperara con mayor ansia, y llevarse el cálido y sensual recuerdo de su piel. Las manos, que el primer día mostraban la avidez de acariciar el cabello y cuanto pudieran del otro, ahora parecía que pretendieran apresarlo, a pesar de saber cuán inútil era su propósito.
Cuando a las doce y media lo vi partir y el tren se perdió en la lejanía, ya fuera del alcance de mi vista, regresé a casa bajo aquel tórrido sol. Era lo que más me desagradaba de esos momentos: tener que volver a casa asada como un pollo, y al tiempo empapada como una esponja. Hacía apenas una hora que me había duchado, y ya estaba hecha un desastre. En fin… Lo único bueno era pensar que tendría toda la tarde para mí sola; que, después de otra ducha, podría encerrarme en mi cuarto y hacer lo que quisiera; cogerme algún libro o echarme en la cama para hibernar hasta el viernes, con la excepción de las horas que pasara con Gabi al frente de la cámara.
Bueno, tiempo habría para todo. Desde luego, el tiempo que me restaba de permanencia en el pueblo lo tenía como de transición; como un período insignificante, que daría paso al momento clave, cuando conociera a los padres de Gabi y a su hermano; y la semana siguiente, la última de las vacaciones, también aguardaría que pasara lo más rauda posible. Me olvidaría por completo de mi promesa a Estela; no volvería a aparecer por su bar hasta el verano siguiente, aunque ello me valiera una nueva reprimenda por parte de la buena señora; ni ella hallaría ocasión de reñirme hasta el nuevo reencuentro, recluida en casa o emigrada en el pueblo de Gabi o en la capital.
Pero, lo que no quería dejar escapar durante ese corto período que me quedaba de vacaciones, era la oportunidad de hablar con Sara. Necesitaba hacerlo, aunque ella no quisiera, aunque tratara de evitarme. No la dejaría tranquila hasta que me escuchara.
Autor: Javier García Sánchez,
desde las tinieblas de mi soledad,
27-05-2018.

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