LA TRAPECISTA

(Reto de Alejandro González Forester sobre el circo).

La primera vez que había ido al circo lo había hecho, como todos los niños, entusiasmada por las típicas ideas que a los críos les vienen a la mente; por esas fieras salvajes amaestradas a las que podría contemplar tan de cerca, como si se encontrara en África, pero sin necesidad de moverse de su propio pueblo ni de pasar por las siempre molestas vacunas previas. Ahí, a sólo unos metros de distancia, enjaulados, vería leones y tigres, sobre todo. Poder admirar de cerca a animales tan majestuosos le encendía la adrenalina. Era una combinación entre el placer de recrearse en la hermosura y la gallardía de los bravos felinos y un hormigueo que, aunque imperceptible, siempre existía, por más que apenas fuera consciente de ello, por la remota posibilidad de que algún imprevisto diera escape a las fieras.

Sin embargo, a medida que había ido transcurriendo la velada, cada vez más acalorada y excitada, por toda aquella serie de emociones y aplausos que la envolvían y en los que ella misma participaba, sus preferencias habían ido modificándose. Cuando las miradas de los otros apuntaban al frente, la suya se dirigía hacia lo alto. Allá, a muchos metros, a una distancia que su mente infantil distorsionaba y ampliaba aún más, contemplaba sobrecogida a la trapecista, una joven de esbelta figura que debía cruzar de un punto a otro de la pista pisando por encima de un fino cable, posando los pies uno delante del otro sucesivamente, con la única ayuda de una pértiga que debía mantener en posición horizontal para conseguir el equilibrio. No le restaba mérito el hecho de que debajo hubiera una red, a escasos metros del suelo, para amortiguar su caída, en caso de que no pudiera superar el ejercicio. Algo como lo que hacía aquella joven era impresionante.

Aún cuando terminó el número, ella seguía pensando en la trapecista. Ya no le interesaban los animales ni los números de magia. Cuando todos reían por la escena de los payasos, ella los miraba con rostro marmóreo, inexpresivo, indiferente. Su mente pueril se hallaba en otro mundo, muy lejos de su cuerpo, muy lejos de aquel circo, caminando sobre un cable a diez metros sobre el suelo. Desde aquel entonces, cada vez que iba al circo lo hacía para embelesarse con la trapecista.

Pronto comenzó a practicar con entusiasmo. Ató una cinta de un árbol a otro, a medio metro del suelo, y trató de cruzarla, como vio que hacían muchos en el jardín de su pueblo. Al principio se caía al primer paso; pero el tesón era su arma secreta. Decidida a conseguir cuanto se proponía, se exigía mucho y trabajaba con ahínco. Cruzar el cable de un circo le parecía imposible, y no quería ganarse así la vida; pero su amor propio, su admiración por aquellas trapecistas y su sed de nuevas experiencias le hacían querer caminar por aquellas cintas y salvar las cada vez mayores distancias entre los troncos.

Pasados los años, cuando entró en la adolescencia y, más tarde, al ingresar a la universidad y empezar a convertirse en mujer, se dio cuenta de que aquel ejercicio que tanto había admirado de niña y había constituido su primera ambición, era un claro reflejo de la continua lucha en que debía vivir por mantener en equilibrio su alma y su vida toda. Una lucha sin tregua, que por momentos la agotaba, pero de cuyo abatimiento estaba forzada a reponerse. Sólo dejaría de hacerlo cuando se apagaran las luces y se corriera el telón para ella. Si se caía, debía levantarse de la red, volver a escalar hasta el cable e intentar cruzarlo una vez más.


Autor: Javier García Sánchez,

desde las tinieblas de mi soledad,

06-04-2018.

2 comentarios en “LA TRAPECISTA

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