UNA NUEVA ETAPA (CLXXI)

-Mis padres siempre han sido muy cómodos en ese sentido; nunca se han preocupado por los quehaceres domésticos; han preferido contratar a alguien y tener tiempo libre.

-¡Ah! Pues eso es porque pueden. No todas las personas tienen esa posibilidad; en mi casa vamos justos de pasta.

-En la mía no somos ricos; pero mis padres son funcionarios, y eso les permite tener ciertas comodidades.

-¡Vaya! ¡¿Quién lo iba a decir!? Pero en la capital cocinabas; y, por otra parte, nunca te he visto estirarte mucho en comida ni en ropa.

-En la capital cocinaba porque no tenía otro remedio, pero en la mayoría de las ocasiones lo único que hacía era poner comida al fuego, vuelta y vuelta al pescado o a la carne, preparar tortillas y café y poco más; todo muy simple. Y, en cuanto al dinero que gasto, procuro ser discreto, porque, al fin y al cabo, no es mío. Pero ya te digo, no soy ningún privilegiado.

Me dio la impresión de que le incomodaban un poco mis palabras, a pesar de que procuraba poner un tono jocoso. Creo que pensó que veía una especie de barrera entre nosotros por esa pequeña diferencia de clase, que ahora se me hacía más manifiesta; y aún me esperaba mayor sorpresa cuando llegara a su casa. Preferí, por tanto, dejar el tema para que se relajara; le apreté la mano y le besé cariñosamente en el cuello.

Vivía en un quinto, en un edificio que, según me dijo, estaba en pleno centro de aquella pequeña ciudad. Era aquello un pasaje, con una tienda de ropa femenina, una estudio de fotografía, una administración de lotería, una heladería y algún comercio más. Todo ello me pareció bastante lujoso, e intuí que la casa debía haberles costado cara, mas no quise preguntar; me limité a expresar mi admiración por aquello y la diferencia con mi pueblo; algo que, por otra parte, él corroboraba.

Cuando llegamos, su madre salió a recibirnos.

-¡Gabi! ¡¿Ya estáis aquí!? ¡Cuánto habéis tardado! ¿Traes la comida? ¡Laura, hija, cuántas ganas tenía de verte en persona!

Diciendo esto, me agarró y me estrechó en un ferviente abrazo donde se manifestaba toda la bondad de aquella señora, tan grande como la ignorancia que ya me mostrara por cámara, y que también se plasmaba en la fuerza desmedida con que estrujó mi pequeño cuerpo contra el suyo. Durante unos segundos me faltó el aire; se me nubló la mente. Llegué a imaginar que era una boa constrictor, que me quebraba los huesos antes de tragarme viva. Por suerte, Gabi me recató.

-¡Mamá, por favor, contrólate, que la aplastas!

-¡Ay, hijo! ¡Qué exagerado que eres!

-¿Exagerado? Mira lo roja que está la pobre.

-¡Ay, vale, lo que tú digas! Vamos para adentro y me ayudas a poner la mesa.

Ya liberada de aquella enorme masa que me oprimía el pecho, mi respiración se fue normalizando.

Caminamos por un largo pasillo, al principio del cual, frente a la entrada, estaba la habitación de matrimonio, mientras que en la parte opuesta estaban el comedor y la cocina. Entre ambos extremos, dos habitaciones contiguas entre sí, donde dormían los hermanos; otra más separada de las anteriores, convertida en biblioteca; y dos cuartos de baño. El comedor era muy espacioso; me pareció un palacio. Según me dijeron, había ahí otra habitación, cuyo límite marcaba un pilar que se había aprovechado para poner una estantería. Y eran dos habitaciones, en realidad; pues una de ellas, con balcón a la calle, era el comedor en sí, que comunicaba directamente con la cocina; mientras que la otra habitación, también grande, del mismo tamaño, era el dormitorio nupcial, y se presentaba en el extremo opuesto de la casa. Tras la reforma, se había creado una sala inmensa, y la habitación de matrimonio se había quedado junto a la entrada, como ya dije. No me atreví a decir nada, pero todo aquello me pareció extraordinario.

Autor: Javier García Sánchez,

desde las tinieblas de mi soledad,

06-06-2018.

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