UNA NUEVA ETAPA (CLXXIV)

Fue más complicado encontrar un sitio donde cenar. Gabi conocía muchos, pero sólo de vista, por haberlos cruzado durante sus paseos solitarios. Teníamos para elegir una gran variedad; desde lugares discretos, que eran los que solíamos frecuentar, hasta restaurantes lujosos, que estaban fuera de nuestros bolsillos -o del mío, al menos; por lo que había visto, Gabi disponía de más recursos que yo-. Pero en lo que coincidíamos era en que, a pesar de vivir en ese pueblo desde hacía veinte años, él había frecuentado sus bares tanto como yo. Su temperamento retraído, nostálgico y meditabundo le había impedido relacionarse; y, en consecuencia, se encontraba en la extraña situación de sentirse extranjero en su propio pueblo; fuéramos donde fuéramos, se hallaría incapaz de recomendarme nada, o de obtener algún trato de favor por parte de algún camarero conocido. Temí que ello le avergonzara y se sintiera mal anfitrión; o que le invadiera la pena por no haber tenido la infancia y la adolescencia tan vivas de que yo había gozado.

Para tratar de salir airosos escogimos una opción arriesgada: nos fuimos a un restaurante asiático de buffet libre. Aparentemente era buena; se trataba de un lugar más o menos lujoso, donde, además, podíamos comer bien, hasta hartarnos, incluso, siempre y cuando no consumiéramos más de una bebida. Si sabíamos jugar nuestras cartas, podríamos salir de ahí sin haber gastado demasiado dinero; sólo unas mil pesetas por cabeza. Era lo bueno de los asiáticos; se podía comer mucho por poco coste. La única pega -siempre tiene que haber alguna pega, por supuesto- era que la gran cantidad de comida y el bajo precio se explicaban con una calidad más que dudosa del estado de los alimentos, los cuales, a su vez, eran cocinados con mucho aceite, para dar más sensación de sed a los clientes y que bebieran más. Era la clave que tenían para hinchar la cuenta. Yo había ido en unas pocas ocasiones, y al final me había aprendido esos trucos. Eran cosas sencillas, pero que, si se ignoraban, podían notarse en la factura.

Hicimos honor a la comida oriental y tomamos sushi y algunos platos de arroz, todo bajo la atenta mirada de las dueñas del local, unas mujeres que nos vigilaban a todos los comensales con rostro estatutario, pero que de alguna manera encerraba un sentimiento hostil, como si detrás de esos cuatro pares de ojos rasgados se escondieran odios atávicos, acaso la ancestral ambición de la raza amarilla, que en aquellos remotos tiempos construyera tan legendario imperio y sobresaliera por sus bravos guerreros. Algo de todo ese orgullo debía de circular por la sangre de esas mujeres que nos observaban con sus marmóreas e inexpresivas miradas, mientras nosotros, aparentemente ajenos a su presencia, conversábamos, comíamos y nos levantábamos para rellenar las fuentes.

Aquel trato distante, autómata, robótico, no se alteraba siquiera en el momento de cobrar la cuenta; no se molestaban en disimular su antipatía para que el cliente regresara. La comida, aunque de mala calidad, era sabrosa y barata; y el local, grande y bien iluminado, daba a los comensales la ilusión del lujo, la alegría de un buen ambiente. Ahí no hacía falta hipocresía; las dueñas podían tratar a la gente con desprecio; ellas volverían, atraídas por el bajo precio y las deslumbrantes luces, ficción de una gloria que en vida nunca alcanzarían.

Autor: Javier García Sánchez,

desde las tinieblas de mi soledad,

15-06-2018.

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