UNA NUEVA ETAPA (CLXXVI)

Aquella mañana pude ver su pueblo a plena luz del día, ya con más tiempo que la jornada anterior, sin las prisas por mi llegada. Aunque, para ser completamente sincera, malditas las ganas que tenía de salir de casa y abrasarme. Tan blanca tenía la piel y tan intenso era el sol, que me rocié brazos y piernas con protector del factor 50 y cargué con un litro de agua a cuestas. Durante aquellos tres días cogería el bronceado que no había cogido en dos meses.

Gabi me llevó a los lugares que para él revestían un cierto interés, como eran el colegio y el instituto donde había estudiado. Guardaba hacia esos centros un sentimiento ambiguo, poco claro; pues, si bien ahí había sufrido malos tratos, no podía olvidar que en esos sitios había empezado a formarse y eran, en realidad, parte de su vida.

Más definida era la nostalgia que sentía al mostrarme una tienda de juguetes ya cerrada, que había pertenecido a sus abuelos maternos, y donde solía pasar las tardes cando salía de la escuela. La tienda se hallaba en el casco antiguo, que en tiempos remotos fuera centro; era una calle larga, repleta de comercios; y no lejos de ahí estaba el antiguo ayuntamiento, reconvertido en hogar del jubilado.

Pero, si aquellas imágenes le traían gratos recuerdos, también le entristecían. La calle donde estaba la tienda se había modernizado; habían cambiado las baldosas y estaba perfectamente pavimentada y limpia, sin restos de los olores de orina de los borrachos del barrio. Los pocos restos de rusticidad y salvajismo que le quedaran al pueblo cuando él era pequeño, habían desaparecido. Habían derruido casas antiguas que estaban en ruinas, por donde, según me contó, gustaba de asomarse de vez en cuando, en las frías tardes de invierno, cuando la noche cae antes. Ahí, en medio de la oscuridad, con esos cristales rotos, el polvo y las telarañas, encontraba gatos vagabundos que moraban entre la suciedad y husmeaban en los contenedores; y que ahí, recostados entre los escombros, lo observaban con la penetrante y desafiante mirada de sus ojos verdes y amarillos, resplandecientes en medio de la negritud de la noche.

Entonces había desarrollado un cierto aprecio por lo felinos. Les devolvía la mirada, pero en la suya no había más que candidez. Su imaginación volaba en medio de aquel panorama desolado, acompañado por los restos de tantas glorias pasadas.

En una de las desvencijadas casas que en esos tiempos había vivía una buena mujer, que siempre le trataba con mucho cariño, pero que estaba loca, y que en aquellos años se llegó a escapar dos veces de la clínica donde la habían recluido. Pero ahora de su casa no quedaba ni rastro, como tampoco quedaba de la pobre señora, que había fallecido hacía casi diez años, como su abuelo, después de un Alzheimer descorazonador para toda la familia. Su abuela lo había hecho hacía dos.

Caminando por esa calle traté de imaginar al niño que correteaba con los pocos amigos que llegara a tener por aquellos días, niños de los que pronto se había distanciado; pensé en esas risas pueriles, ajenas a los verdaderos problemas de la vida, inconscientes. A mi lado, Gabi sonreía mientras me contaba las cosas que he referido y otras que por el momento callo; pero detrás de su afable sonrisa era obvio que se escondía el dolor de su infancia perdida. Sus abuelos, los gatos, aquellas casas en ruinas, aquella calle maloliente, aquella pobre loca… Todo era ahora pasto del tiempo y de la muerte.

Autor: Javier García Sánchez,

desde las tinieblas de mi soledad,

19-06-2018.

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