UNA NUEVA ETAPA (CLXXVII)

Aquel día la comida se me hizo más llevadera. El padre y el hermano de Gabi fueron más discretos; esparcían sus miradas por la sala o las repartían por igual entre los que estábamos sentados a la mesa, cuando no analizaban minuciosamente la pieza de cordero que tenían sobre el plato, con la atención propia de un cirujano en la sala de operaciones, cuando tuviera que enfrentarse al difícil caso de un corazón dañado o de un tumor cerebral, como el que había sufrido mi chico de pequeño. Supuse que habría hablado con su familia antes de despertarme, para que reprimieran su lascivia; les habría contado brevemente nuestra charla posterior y lo incómoda que me había sentido. Pero yo, además, me había puesto una camiseta más discreta. Aunque mi atuendo no tuviera nada de malo, como me había dicho Gabi, no quería volver a sentirme como una gacela acechada por leones.

Teníamos puesta de fondo la televisión, para seguir los informativos si había alguna noticia importante. El padre estaba muy interesado en la política nacional, y ello hacía que se evadiera con frecuencia de la conversación y de la comida, y que aún en ocasiones se levantara para irse al sofá y tener mejor audición. Estar en año de elecciones, con la crisis que sufría el partido del gobierno, salpicado por continuos casos de corrupción, que aparecían como moscas en un estercolero, parecía que le embriagaba. Vivía aquello con un entusiasmo juvenil, como si verdaderamente creyera que un cambio era posible; que algún día la gente empezaría a pensar y que nuestro país dejaría de ser una mierda.

Me hacía gracia aquella ingenuidad. Y es que la esperanza, por vaga que sea, es necesaria para que no nos derrumbemos. Así era cómo en el buen hombre se mezclaban la erudición, la lujuria y esa ilusión pueril; una ilusión que, sin embargo, no veía en su hijo, mi novio, que, a mi lado, despertaba cierta inquietud por el panorama político; pero que, según decía, no creía que fuera a cambiar nada. La gente es inculta, está ciega, decía; olvidan pronto y se dejan robar una vez tras otra. Me interesa lo que ocurre, pero no creo que pueda cambiarse nada. Nuestro país está perdido.

Cuando los informativos se ocuparon del apartado internacional, el padre de Gabi recuperó la normalidad y volvió a sentarse a la mesa para acabar de comer. Entonces, no obstante, fue cuando aquel boletín emitió una noticia que despertó mi curiosidad. Era aquélla la primera ocasión en que oía hablar de Narayan Kamedshi, un hindú adinerado, de la casta de los brahamanes, que hacía un mes que había abandonado su país y se había instalado en Kenya, donde había fundado una organización que se encargaba de ayudar a los pobres; acogía a niños desnutridos y a mujeres perseguidas por la trata machista. Había iniciado negociaciones con el gobierno para llevar a cabo un programa de modernización, que les permitiría autoabastecerse y escapar a los controles abusivos de las empresas extranjeras. Aquel hombre estaba dispuesto a renunciar a toda su inmensa fortuna en aras de aquella pobre Nación; era un auténtico filántropo. Sorprendida por la noticia, confieso que al principio no me interesé tanto como debiera. Me llamó la atención, sí; pero supuse que por sí mismo no tendría mayores consecuencias. Pero no tardaría en volver a tener noticias de aquel extraño sujeto.

Autor: Javier García Sánchez,

desde las tinieblas de mi soledad,

21-06-2018.

2 comentarios en “UNA NUEVA ETAPA (CLXXVII)

  1. Per fi! Algo diferent a les entrades anteriors. Sento dir-te que la visita de Gabi a casa d’ella i la d’ella a a casa de Gabi era bastant repetitiu: dinars en família, sopars barats a soles… només t’ho comento, per si vols recknsiderar-ho. Ja saps que és només la meva opinió!!
    M’ha intrigat l’hindú filantrop

    Le gusta a 1 persona

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