UNA NUEVA ETAPA (CLXXXI)

La sala estaba llena, aunque era la mitad de lo que suele ser una sala de cine; el público en estos casos es por lo general más selecto. El teatro tiene la magia de ser una actuación en directo; mas, por ello, los efectos especiales son mucho más limitados que en la gran pantalla. Nada de tíos dando triples saltos mortales en medio de las llamas, edificios que se desploman, animales mutantes o naves espaciales, por ejemplo. Si vas al teatro, lo haces para apreciar a los verdaderos actores, a aquéllos que actúan frente a los espectadores; y sus obras son, por ello, únicas e irrepetibles. Ello también encarece las entradas. Estos dos factores hacen que el teatro se convierta en algo en cierto modo elitista.

El hecho de no tener entradas numeradas es bueno si lo haces a última hora, como nosotros; nos concede una oportunidad de conseguir butacas desde donde se vea bien la obra. Todo consiste, entonces, en tener un poco de suerte y llegar a tiempo de escoger los mejores asientos.

Pero en aquella ocasión la suerte no estuvo de nuestra parte. Cuando llegamos a la sala, treinta personas se mezclaban entre los huecos de las filas y en las escaleras de los laterales y de en medio, en busca de los lugares más afortunados donde apoyar sus majestuosos traseros. Dos asientos vacíos en la penúltima fila eran una buena opción, en principio; pero es que los dos chicos de delante eran más altos que nosotros, y nos tapaban la vista.

Lo primero que mis ojos veían era el tatuaje que ella lucía en el omóplato izquierdo; era un mapa de África, donde aparecía el dibujo de los contornos del Viejo Continente. Dentro del propio tatuaje aparecía escrito repetidas veces el nombre de aquella tierra hermosa y salvaje, y me pregunté si la muchacha había elegido ese dibujo porque tales cualidades la definieran. Tenía una larga trenza teñida de rojo que caía desafiante y vigorosa por su cuello tostado, que bajo las luces de la sala parecía bañado por una capa de barniz. Allá donde terminaba éste empezaba la espalda, igualmente morena, aunque pronto cubierta por el vestido negro sin mangas que lucía, que me ofrecía la vista de aquel mapa mudo, donde echaba en falta ríos y montañas; y donde, en su lugar, había líneas que no conseguía descifrar.

El tipo que había a su lado -que intuí sería su novio- desde el principio me pareció un niñato antipático. Era un tipo con el cuello grueso, como los brazos, en los cuales, desde donde me encontraba, alcancé a adivinar los tatuajes de dos sierras o arpones. Era de nuevo el típico tío que se pasa las mañanas en el gimnasio; uno de ésos que en su vida ha cogido un libro y se pasan las noches paseándose en moto y molestando a los vecinos. Para acabar de arreglarlo, llevaba puesta una gorra, con la visera hacia atrás, como solían hacer los adolescentes.

Viendo a aquellos dos, la pregunta que me asaltaba era inevitable: ¿Qué hacían ahí? Por más que me lo preguntaba, no lo entendía. No tenían la sensibilidad que se requería para ver una obra de teatro; era absurda su presencia. El chico, además, desprendía una peste insoportable. Deduje que aquel día había ido al gimnasio por la tarde, y que con las prisas había salido sin ducharse.

De repente lo vi claro; ya no cabía duda: esos dos tenían una misión en el mundo: joderme mi primera función de teatro.

Autor: Javier García Sánchez,

desde las tinieblas de mi soledad,

25-06-2018.

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