UNA NUEVA ETAPA (CLXXXII)

Durante toda la obra tuvimos que abrirnos hacia los lados, como si fuéramos un abanico, para ver a los actores, pero mayormente nos resignábamos a imaginarnos las escenas, con las voces que venían desde el fondo. Lo único que podíamos apreciar claramente era a una chica que descendía por una sábana que pendía del techo y cada cierto tiempo trepaba, antes de que cayera el telón para dar paso a la siguiente escena. La actriz en cuestión era una moira, si no recuerdo mal; una de las tres, encargadas de cantar el destino del triste protagonista.

La obra, Macbeth, de Shakespeare, al estilo del teatro clásico, reflejaba la imposibilidad de escapar al destino. Se trataba de uno de los temas básicos de la antigüedad, mezclado aquí con la historia -y acaso también con la mitología- de Inglaterra; de las ambiciones por un trono que, si bien al principio reciben respuesta satisfactoria, se saldarán más tarde con la muerte de los usurpadores.

Salimos con la desilusión de no haberla podido ver con la comodidad que deseábamos, y con la idea de regresar al día siguiente, cuando habría una nueva función; saldríamos antes de casa, y haríamos por coger el mismo sitio. Sería muy mala suerte que esa pareja quisiera volver a ver la obra; aunque lo que se me hizo más sorprendente, después de su presencia allá, era la efusividad con que aplaudían; cómo parecían disfrutar de las escenas y apreciar aquel trabajo.

Minutos más tarde volvimos a verlos, durante nuestro paseo. Fue al entrar en El jardín del beso. Ella estaba sentada sobre las piernas de él, que la rodeaba con un brazo y con el otro le acariciaba el cabello mientras la besaba.

Aquella imagen se me hizo un tanto grotesca, la verdad. Confieso que los miraba sin disimulo, sin preocuparme de que se sintieran observados ante mi descaro y ello les hiciera despertar de su sueño. Pero es que lo que veía se me hacía muy fuerte; no daba crédito. No había explicación lógica posible para semejante imagen. Dos seres que eran el vivo retrato de dos brutos, primero viendo una obra de teatro emocionados; después, besándose con pasión. Él la cogía como si fuera una muñeca. ¿Cómo era posible que aquello estuviera pasando? ¿De verdad esa mujer hermosa y salvaje, a quien para mí ya había bautizado con el exótico nombre de África, no se sentía incómoda entre los brazos de aquel mastodonte que apestaba a sudor? ¡Era lo más antierótico y asqueroso que había! O a mis diecinueve años me estaba volviendo vieja, o el mundo ya había perdido toda su lógica.

Sobra decir que aquella noche no nos quedamos en el jardín. Si no hubiéramos tenido la traumática experiencia de cruzarnos con ellos en el teatro y que nos arruinaran la obra, no nos habría molestado; es más, casi habría sido una especie de estímulo mutuo, morboso, por ver que dos personas que se aman gozan la una de la otra y son cómplices, a su vez, de lo que hacéis tú y tu pareja. Pero aquel fatal antecedente fue para ambos un inhibitorio. Necesitábamos alejarnos de ahí, poner tierra de por medio, con el deseo de que no volviéramos a verlos y que el universo recuperara su cordura.

De todos modos, si he de ser completamente justa, diré que creo que la falta de sueño influyó en mi percepción de la realidad aquella tarde. Fue por eso que esa noche no cenamos fuera. Regresamos pronto a casa, como dos buenos adolescentes, para pasarla con sus padres, con más calma, y acostarnos lo antes posible.

Autor: Javier García Sánchez,

desde las tinieblas de mi soledad,

26-06-2018.

2 comentarios en “UNA NUEVA ETAPA (CLXXXII)

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s