UNA NUEVA ETAPA (CXCIX)

-¿Y no hay nada que pueda hacer para sacarte de las garras de esa melancolía? Confieso que empiezo a sentir celos de esa mujer avara. Está obsesionada contigo, y me resta tiempo para estar con mi hombre.

-Lo siento -dijo, esbozando una sonrisa que respondía a la mía-. Procuro no desatenderte; pero cada cierto tiempo busco la soledad. Sé que ahora no es lo mismo; que ahora estamos juntos; y ello me da tu apoyo y me fuerza, por decirlo de algún modo, a contarte mis congojas y a no tener secretos contigo; pero, quieras que no, todos necesitamos nuestra propia intimidad, nuestro espacio, un rincón que sólo a nosotros nos pertenece; y ni a la persona a la que más amamos revelamos. Y estoy seguro que tú también tendrás tus reservas; pero no me importa. Es lógico.

-Sí, claro; lo que dices es muy razonable. Hay cosas que me guardo, como todo el mundo; pero yo no me encierro durante horas para meditar.

-Pero tú no has estado sola toda tu vida y no has sufrido acoso.

-Sí, es verdad.

-Laura, cariño, no quiero dejarte de lado; pero ya ves que, aunque me venga a la habitación y me aísle, estoy aquí; y que, pasadas esas horas, regreso y todo vuelve a estar como antes.

-Sí. Bueno, supongo que no me dejas alternativa; que sólo puedo compartirte con esa mujer promiscua.

-Digamos que durante años me ha tenido secuestrado y que al final he desarrollado un síndrome de Estocolmo, y ahora siento aprecio por mi captora.

Volvió a sonreír para restar importancia al asunto. Hice lo posible por devolverle el gesto, aunque lo cierto es que me sentía un tanto desconsolada, impotente. Era muy difícil sacarlo de sus murias. Algo iba consiguiendo, pero me costaba duros esfuerzos; y confesarle mi falta habría supuesto un retroceso. Como el paciente que sufre una caída durante el proceso de rehabilitación y a consecuencia de ello su restablecimiento se ralentiza, mis palabras le habrían hecho sentirse inferior. Más tarde habían llegado las escapadas con Mayra, Javi y Juan; nuestras charlas filosóficas y otras más ociosas, las noches en el cine, el sexo pasional, y todo parecía volver a mejorar; pero aún no era suficiente. En ocasiones me planteaba si íbamos a poder con aquello, o si la magnitud de la empresa nos superaría. Pero siempre he sido muy terca. Por más que me costara, iba a arrebatarle cada vez más terreno a aquella mujer ambiciosa que por unas cuantas horas me lo robaba.

-Bueno, comprendo. Pero, si es así, padeces una enfermedad; y, por derecho conyugal, aunque sólo seamos pareja, me declaro tu médica personal; voy a darte un tratamiento muy estricto y voy a curarte.

-¿De veras? Eso me gusta. ¿Y cuándo empezamos?

-Tranquilo; tú déjame a mí. Lo primero es que aceptes ponerte en mis manos. Aún tengo que evaluar pacientemente los síntomas para saber qué remedios aplicarte. Pero de mí no te escapas.

-Me alegro. No quisiera escapar.

-Eso está bien. Ahora cambias de captora.

Con aquellas palabras, que llevaban implícitas buenas dosis de contenido sexual, rebajamos la tensión que se pudiera haber creado. Debía abordarlo con mucho tacto; hablar sobre el tema y luego darle un respiro. Todo debía ser muy metódico, sin que sospechara mis pasos. La clave era mi perseverancia, el estar siempre encima de él. Nunca me daba por vencida. Por eso había llegado hasta donde me encontraba, cuando todos me creían perdida; por eso cosechaba buenas notas y mi vida había dado tan gran vuelco; y por eso estaba decidida a quedarme con Gabi para mí sola.

Autor: Javier García Sánchez,

desde las tinieblas de mi soledad,

21-07-2018.

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