VOLVER A EMPEZAR

Por alguna extraña razón, todos los años se sentía impelido a recorrer las mismas rutas, siempre por fechas que en su mente guardaban alguna significación que explicaba su conducta, pero que a simple vista se le escapaba.

Al principio seguía aquella rutina de una manera mecánica, sin darle importancia; sus pasos le marcaban la senda a seguir, y él sólo se dejaba llevar, sin dar importancia a aquella fuerza oculta, despreocupado. A veces era la verde vegetación del río, con su aire puro y su naturaleza domesticada, vulgar imitación de los bosques indómitos y salvajes; a veces, la árida playa, con su suave brisa y su paisaje desértico, bañada por las aguas marinas, que en su agitada fantasía aparecían pobladas por sinfín de animales mitológicos y por leyendas que en los libros leyera; a veces, por fin, era un terreno completamente distinto a los dos anteriores, la gran ciudad, con sus noches repletas de vida, con sus luces falsas, burda copia de los astros celestes, que con sus mortecinos brillos invitaban, ¡oh paradoja! a a la ilusión y a los excesos, con esas músicas comerciales y pegadizas, que una vez mezcladas con el alcohol sumergían a quienes consumían tales bebidas en mundos alternativos, huyendo de las miserias de éste, siquiera por unas horas, y los convertían en cautivos felices de aquella farsa, con sus risas lunáticas, enajenadas.

Pero el paso de los años le había dado mayor conciencia de sus actos; le había hecho caer en la monotonía y en la sinrazón de sus decisiones. Y eso le hacía sentirse en una situación incómoda; pues, si bien quería renunciar a la irracionalidad que durante tanto tiempo le había dominado, sabía cuánto le costaría deshacerse de esa comodidad para aventurarse en un mundo desconocido.

En la playa encontraba ahora una frivolidad que aborrecía; las gentes que ahí hallaba le inspiraban un hondo desprecio. Nada tenía en común con sujetos que se lanzaban a vulgares cánticos, en su mayoría presos de la ebriedad; del mismo modo que nada le asemejaba a aquellos miles de seres anónimos que se sentaban en las terrazas de los bares, rodeados de cervezas y de tabaco, en medio de gritos desaforados, confundidas las voces.

Pero, al mismo tiempo, se decía que ya no volvería la tierra húmeda a acariciar sus pies; que ya no volvería a pasear por la orilla del mar, con el delicioso aroma de las saladas aguas, con los vagos bostezos de las olas al morir postradas ante él, con el alegre jolgorio de los niños correteando a su alrededor y cortándole el paso; que ya no volvería a ver esas noches oscuras, grotescamente alumbradas por indignas farolas, y se apenaba.

Aún le quedaba el río, aquel paraje que más le había llenado, donde había pasado tantas horas. Pero, ¿de verdad le quedaba? Se preguntaba la causa y no la hallaba; pero lo cierto era que tampoco tenía ganas de regresar allá. Era como si de repente se sintiera harto de todo; como si sintiera un verdadero hastío hacia su propia persona, hacia la vida; como si no pudiera hacer otra cosa que negar su pasado, sin que aparecieran nuevos elementos que reemplezaran los antiguos. El resultado era la vacuidad, el nihilismo, el estar pasivo, la espera de una muerte durante mucho tiempo temida; ahora soñada, deseada.

Autor: Javier García Sánchez,

desde las tinieblas de mi soledad,

22-07-2018.

3 comentarios en “VOLVER A EMPEZAR

  1. Eso se llama vacío, cuando no se encuentra nada para llenar una vida más que la monotonía y sobrevivir sin ilusión ni esperanzas de futuro. He tenido alguna época de ésas.
    Se buscan nuevas perspectivas y es difícil, pero se sale…
    Un abrazo, Javi.

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