UNA NUEVA ETAPA (CCIII)

-Pues hasta el momento no me había parado a pensar en eso; la verdad. De todos modos, no me parece algo tan grave. Nos casaremos, viviremos juntos una temporada y ya está. Si mientras tanto no puedo darme las juergas que me daba hasta ahora, descanso un poco, y luego lo retomaré con más ganas. El curso no tendría que irme mal; tendré tiempo de sobra para estudiar.

-A ver, tío: se supone que los dos sois estudiantes. ¿Cómo coño se entiende que vayáis a casaros si no tenéis ingresos?

-Del mismo modo que si fuéramos solteros, con el apoyo de nuestros padres. Es sólo que se nos han cruzado los cables y hemos hecho una locura. Eso pasa.

-Sí; pero los que hacen esas cosas son jipis que corren con todas las consecuencias desde el principio; se van de casa de sus padres y se buscan algún curro.

-Pues nosotros estamos a medio camino. Somos semijipis, o jipis arrepentidos.

-Ya. Tú lo arreglas todo enseguida. ¿Y qué opinan tus padres de que te cases?

-Aún no se lo he dicho; puede que ni lo haga.

-¡¿Pero qué dices, tío!? Son tus padres; te pagan el piso, la comida… ¡¿No se lo vas a decir!?

-¿Para qué? Es una boda de pega, algo sin importancia. Además, ya tengo bastante con vuestro interrogatorio.

-Juan, tío, si lo que ocurre es que temes una bronca, no te servirá de nada, porque esas cosas se acaban sabiendo. Además, necesitarás su ayuda para hacer la comedia.

-¡Mierda!

-¡Joder, tío! A ti te piden matrimonio, te ofrecen pasta a cambio y te lanzas sin pensarlo dos veces. Pues yo te pago el doble si ahora mismo subes a la azotea y te tiras.

-Capullo.

-Bueno, pues ya ves que la cosa es más jodida de lo que parece. Si te esperaras diez o quince años y tuvieras curro, quizá.

-Es ahora cuando quiero hacer esto. Es como una travesura; un capricho que tuviera un niño de diez años.

-Sí. Sólo que esta vez el niño de diez años tiene los huevos muy grandes y peludos.

-Y otra cosa: nos invitarás a la boda, supongo.

-Os invitaré a que vengáis, pero no esperéis ninguna fiesta, porque no hay pasta, como ya sabéis.

-¡¿Cómo!? ¡¿Una boda sin fiesta!? ¡Qué sacrilegio!

-Si tú pagas la fiesta, acepto

<<A ver, tíos, que todo esto es de pega; ha de ser lo más discreto posible; y completamente civil. Sólo necesitamos dos testigos. Después de eso podemos irnos a comer.

-Ahí sí que nos invitarás, supongo.

-No tengo pasta. Cada uno que se pague lo suyo.

-¿Y qué hay de las 100.000 pesetas?

-Cabrona. No te has olvidado.

-Bueno, otra cosa. Puede que no sea una boda normal, pero podríamos hacer despedida de soltero.

-¡Joder! ¡Estás más emocionado que yo! ¡Ya tengo ganas de divorciarme y volverme a casar para que hagamos otra! ¿Y habrá estrípers?

-Si hay estrípers, éste no sale de casa.

-Aguafiestas.

-Tranquila, cariño. El estriptis te lo haré yo esta noche.

<<No. Haremos una despedida en la que participemos todos; nos iremos por la calle a cantar; podemos disfrazarnos y sacar fotos.

-Es curioso. Siempre me han hecho gracia estas ceremonias tribales; estos ritos iniciáticos que representan el paso de un estado de la vida a otro. Parece increíble que después de miles de años sigamos festejando estas cosas, como si fueran actos purificadores, consagrados a alguna divinidad. Creo que en el fondo no hemos cambiado tanto.

Autor: Javier García Sánchez,

desde las tinieblas de mi soledad,

28-07-2018.

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