UNA NUEVA ETAPA (CCV)

Aún había de tardar mucho tiempo en darme cuenta de la profunda ironía que encerraban las palabras de Juan; una ironía inocente, que él, como no podía ser de otra manera, ignoraba. Aunque fuera una broma, acusarme de dejar a Gabi por aquel ser a quien aborrecía; por ese ser abominable cuya existencia siempre había negado, como todos los allí presentes, hasta que una noche, después de unas cuantas copas, un baile frenético y unos besos y unas caricias en el interior de un taxi que me encendieron todo el cuerpo; después de sumergirme con Luis en aquel mundo teñido de rojo, la atroz realidad se me reveló con toda su crudeza. Entonces había conocido al temido monstruo, a quien, si ya lo había detestado cuando lo consideraba un mero personaje de fantasía, tras manifestarme Luis su verdadera naturaleza y las maldades que le achacaba, ya nada podría perdonarle. Acaso fuera un ser enfermo, una naturaleza débil que sólo podía hallar un débil consuelo a sus angustias en el dolor ajeno; mas ello no lo exculpaba a mis ojos. Yo era sólo una de las incontables víctimas de su saña insaciable.

Imagino la cara que habrían puesto si hubieran conocido la experiencia que yo había vivido. Se les habría quedado la misma expresión y habrían reaccionado del mismo modo; y, como yo, después del momento inicial, recuperados ya del impacto, se habrían posicionado por el mismo bando y habrían apoyado a Luis, que, con todas sus rarezas y aquella promiscuidad, y a pesar de haberme puesto en una tesitura tan peliaguda en mi relación con Gabi, continuaba despertándome admiración y aprecio.

De lo que no estoy tan segura es de que todos -o Mayra, al menos- se hubieran acostado con él después de saber quién era. Es decir: no por ser aquél a quien la propaganda del régimen tachaba de ser el mal, sino por tratarse de una divinidad. Este hecho, que siempre había pugnado contra la razón, pero que cada vez tenía más asimilado, era lo determinante. Ante fuerzas tan dispares, una tendría que echarse atrás. Pero yo no. Aunque a las pocas horas me arrepintiera y lo viera como un error; aunque derramara las primeras lágrimas de un torrente que habría de continuar su curso tres meses después, en su momento sentí aquella misteriosa e irresistible atracción. Y el tiempo, ese niño incansable y juguetón que no se detiene jamás en sus carreras de un sitio a otro, habría de mostrarme que tal vez aquello no fuera exactamente un error.

Pero aquí no acabaron las ironías, las paradojas de esta historia tan enrevesada. Pues, si desde el principio me había declarado acerba enemiga del ser tan repugnante a quien había conocido de una manera accidental, me vería condenada a pasar toda la eternidad a su lado.

Pero bueno, creo que vuelvo a adelantarme. No es intención mía romper el hilo de esta historia, tan romántica como trágica -pues ambos elementos suelen condimentar todas las historias-; pero lo extenso de la trama y el tiempo transcurrido desde entonces me lleva a divagar y a plasmar sobre el papel reflexiones que acaso deberían haberse quedado en mi mente, antes que torturar a los pacientes lectores que aún sigue el relato de mi vida; pero no puedo evitarlo. También a mí me asalta la nostalgia, como en su día le asaltaba a Gabi. Es inevitable, cuando una ve todo lo que tenía, y todo lo que ha perdido.

Autor: Javier García Sánchez,

desde las tinieblas de mi soledad,

30-07-2018.

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