UNA NUEVA ETAPA (CCXVIII)

Aquel viaje fue un tanto frustrado. Debimos pensar en el horario de visitas, que había terminado un poco antes de nuestra llegada. Ahí ya no quedaba nadie; sólo los enfermeros y los médicos que se cruzaban por los pasillos; algunos de blanco, otros de verde, siempre con semblante circunspecto; los familiares que esperaban cariacontecidos noticias de sus allegados; pobres desgraciados que circulaban acostados en camillas. Y siempre ese olor tan característico. ¿Qué era? Quería descifrarlo, mas entonces no podía. Era un olor un poco fuerte, que había notado en las ocasiones en que había entrado en uno, sin saber lo que era. No era alcohol; era algo más. Y todo ello revestía la atmósfera de un aire de cierta tristeza. El ambiente fúnebre de aquellos seres moribundos, o simplemente aquejados por sus respectivas dolencias, difería, no obstante, con la viva luz que iluminaba todo el recinto. El resplandor que emitía quedaba acentuado por las albas paredes, que lo amplificaban y difundían con ello una sensación de mayor alegría. Era un juego de contrastes entre la vida y la muerte, siempre tan irreconciliables, pero al mismo tiempo tan necesarias, como dos polos opuestos que sin saberlo se atraen y acaban encontrándose.

-¿Cómo te encuentras?

-Todo esto se me hace familiar. Que yo recuerde, nunca antes había estado aquí; a mí me operaron en el hospital universitario. Pero eso no importa. A fin de cuentas, todos los hospitales tienen los mismos olores de desinfectante, de medicinas, de antibióticos; los gritos de angustia de pacientes y familiares, que se ven impotentes en su lucha perdida de antemano contra el destino; los inconsolables lloros de los niños, los más ignorantes, los más inocentes, que sin haber hecho nada malo reciben enfermedades e inyecciones como un castigo; o un tumor como el que durante tanto tiempo tuvo a mi padre en vilo, creyendo que me perdía, y que con la tierna edad de tres años me hizo preguntarme por qué me encontraba en esa situación, cuando no había hecho nada para merecer aquello. La respuesta es simple: no importa lo que hagamos ni cómo seamos; todos tenemos el mismo fin. Algunos antes; otros, más tarde. Unos, de una manera casi indolora; otros, con una crueldad sádica. Y para muchos de ellos, estos hospitales, a modo de templos, de recintos sagrados, no son más que el punto intermedio entre el mundo de la luz y el de la oscuridad. Y los médicos y enfermeros, con sus batas blancas y verdes, los sacerdotes que ofician los fatídicos rituales.

-Vaya. Creo que nunca lo había visto así.

-Para mí es fácil. Ten en cuenta que me he pasado casi media vida entre hospitales.

Esta conversación la tuvimos sentados en la sala de espera, descansando un poco antes de emprender el camino de regreso. Sacamos dos cafés descafeinados de una máquina y nos los tomamos con calma. No había prisas. Aunque estuviéramos en un lugar que le pudiera despertar recuerdos desagradables, creí que lo mejor era que los afrontara y los venciera. Por otra parte, su modo de razonar, sus palabras, aunque en ciertos momentos me hicieran estremecerme, llegaban a parecerme románticos, apasionantes. Esa manera que tenía de tratar un tema tan complicado, sobre todo para él, demostraba la sensibilidad que tenía; una sensibilidad que acompañaba con un discurso muy reflexivo, mientras parecía abstraerse y soñar despierto con el mundo que evocaba su discurso.

Autor: Javier García Sánchez,

desde las tinieblas de mi soledad,

20-08-2018.

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