UNA NUEVA ETAPA (CCXIX)

Con la mirada extraviada a lo lejos, por un ligero instante desviada de mi chico para continuar familiarizándome con aquel lugar, con aquel templo a Asclepio, a Hades o a quien fuera, no sé si fue casualidad lo que entonces vi. La lógica me lleva a pensar que así fue; pero, llegados a este punto de mi historia, creo que mis lectores convendrán conmigo en que por aquel entonces debía yo olvidarme de toda lógica, y llegar a contemplar la posibilidad de que nada de aquello fuera casual.

Fuera como fuere, mezclada entre aquellos fúnebres sacerdotes, creí adivinar la figura de una persona que en teoría no debía estar ahí; y fue por ello que su presencia me desconcertó más. Seguí sus pasos con las pupilas encendidas; pálido el rostro, aterrada por no comprender lo que estaba ocurriendo. Si Gabi no se percató de mi estado, fue porque se había sumergido en una de sus frecuentes cavilaciones; tenía los ojos fijos en el suelo, y ni llegó a percibir mi silencio.

La imagen misteriosa desapareció por un pasillo. La duda punzante que entonces me acometía se hizo más acerada. Si escapaba, si se perdía, ¿cómo averiguar lo que sucedía? Si no estaba loca -me dije-, poco me faltaría.

Pretexté la necesidad de ir al baño para ausentarme unos minutos. No quería que aquella incertidumbre me persiguiera toda la noche.

Apenas giré la esquina por donde había marchado mi fantasma, quedó despejada la incógnita. Satisfecha mi curiosidad, me topé con aquél a quien tantas veces había aborrecido; aquél que me había puesto en un dilema tan complicado, pero a quien -por extraño que parezca- entonces me alegré de volver a ver. Lo que no me cuadraba era encontrarlo con aquella bata blanca, más bien túnica en su caso. Lo vi de cara; nuestras miradas se cruzaron.

-¡Luis! ¡¿Qué haces aquí!? -exclamé en un grito ahogado, consciente de lo inoportuno que era alzar la voz-.

-Ve con cuidado. Si te oyen los demás, van a pensar que estás loca.

-¿No lo estoy? ¡Qué alivio! Yo misma empezaba a dudarlo.

-No es eso. Porque tú me veas no creas que los demás pueden hacerlo.

-¡¿Qué!? ¡¿que los demás no pueden verte; sólo yo!? Pues ahora sí que tengo un problema. ¿Y cómo voy a saber que no eres una alucinación? ¿Cómo no van a pensar que estoy chiflada, si yo misma lo creo?

-Tú sigue hablando en voz alta, que acabarán poniéndote un sedante; pensarán que tienes esquizofrenia y te atiborrarán a pastillas. Y estoy seguro de que no quieres eso.

<<Hazme caso y ve al aseo; yo esperaré fuera y hablaremos con calma. Si oyeras entrar a alguien, calla para evitarte problemas.

No me quedó más remedio que asentir a cuanto me proponía, fuera Luis o una simple voz que salía de mi cabeza. ¿Era aquello real? Ya no sabía qué pensar. Me habían pasado cosas tan extrañas, que me atrevía a darlo por posible; y, si no lo era, ya me internarían o harían conmigo lo que creyeran oportuno. Entonces, llena de dudas, viendo tan asaltados mis esquemas, sólo podía dejarme llevar. De esa manera -me dije- también podría satisfacer mis necesidades fisiológicas; de modo que, a fin de cuentas, no habría mentido a Gabi. Llegué a creer que todo era una aventura ideada por mi subconsciente para darle un poco de emoción a la noche. No tardaría en comprobar que no era así.

Autor: Javier García Sánchez,

desde las tinieblas de mi soledad,

21-08-2018.

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