UNA NUEVA ETAPA (CCXXV)

Me di una vuelta por las calles de alrededor. Desde luego, sentir el aire fresco a esas horas de la tarde se me hacía mucho más agradable que recibir el aire acondicionado del hospital y estar escuchando durante una hora lastimeros quejidos y desgarradores lamentos. Me iba muy bien huir de esa atmósfera tan insana, aunque fuera a costa de quedarme sola.

Hubo un instante en que el viento tornóse más gélido y agresivo. Fue un cambio de temperatura tan brusco, que me pilló desprevenida; la rebeca que llevaba no era suficiente. Empecé a caminar un poco más deprisa para meterme en un bar cualquiera y aguardar ahí, mientras un descafeinado me ayudaba a recuperar el calor que me faltaba. Pero en aquel instante noté algo aún más desconcertante: la calle estaba vacía; y los bares, cerrados. Lo más indicado era regresar al hospital; pero, había andado tanto, incluso corrido, que me había desorientado. Es horrible correr con tacones. Yo no suelo llevar más que tacón bajo, por comodidad; pero suelo llevar siempre, aunque sea un poco; y entonces, dolorida, comprendí que no sabía dónde estaba. Yo, que siempre había tenido tan buena orientación.
Me percaté de que, sin saber cómo, había llegado hasta el museo de antropología. Sorprendentemente, estaba abierto; era el único local que parecía albergar vida. Resolví resguardarme ahí; le enviaría un mensaje a Gabi para que me esperara hasta que amainara aquel viento prediluviano, y preguntaría a alguien cómo deshacer el camino.
Pero aquella tarde nada de lo que me ocurría era normal. Tal como me había pasado en otras ocasiones, aquel día sucedían cosas que me sacaban de mis casillas.
El museo estaba abierto, efectivamente; pero estaba completamente vacío. Y, cuando digo completamente, no quiero decir únicamente que no había visitantes, sino que no había personal. Podía pasearme por todas las salas sin restricción alguna; y, de ser una maníaca o una delincuente, podría haber ocasionado destrozos irreparables, o haber robado algo; un cráneo de Neandertal, por ejemplo. Siempre me había fascinado esa especie, antecesora de la nuestra, muy bien adaptada, pero que misteriosamente se había extinguido.
Pero no. No iba a hacer nada de eso. En primer lugar, porque siempre había sido una persona cabal y sensata, justa conmigo misma y con los demás; no pensaba generar daño alguno ni pretendía robar nada. Y, en segundo lugar, porque lo que estaba pasando me tenía sobrecogida. De haber albergado algún mal pensamiento, sencillamente no habría podido llevarlo a cabo, por el simple hecho de que tenía la cabeza ocupada en algo verdaderamente serio, como era saber cuál era el hilo que relacionaba todos aquellos acontecimientos tan extraños.
Por de pronto, no podía hacer otra cosa que sentarme en el suelo para recuperar el aliento y que descansaran mis pies de aquel maltrato. El suelo, de mármol, estaba helado. Era un reposo muy peculiar.
Lo siguiente que tenía que hacer era telefonear a Gabi para advertirle de dónde estaba y pedirle que me esperara. Saqué el móvil del bolso y le llamé; y entonces comprobé que no tenía cobertura.
Autor: Javier García Sánchez,
desde las tinieblas de mi soledad,
04-09-2018.

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