UNA NUEVA ETAPA (CCXXVI)

¿Cómo era posible que ahí no hubiera cobertura? Y el museo abierto y vacío al mismo tiempo… Aquello era surrealista, dantesco… No sabía cuál era la palabra más adecuada para definirlo. En cualquier caso, no me quedaba elección; me sentía atrapada, indefensa, a merced de esos caprichos del destino. Lo único que podía hacer era descansar y esperar. Más tarde, cuando todo acabara, ya hablaría con Gabi para aclarar mi repentina desaparición.

Pero, mientras estaba ahí sentada sobre el gélido mármol, noté que la temperatura descendía en picado. Era inútil cerrar las puertas del museo; el frío estaba en el ambiente; se filtraba por entre las rendijas de las ventanas y penetraba en el edificio; un edificio de los modernos, todo acristalado, con una inmensa cúpula ovalada. Visto desde afuera, era precioso; pero aquél no era un edificio como los antiguos, de sólida roca, a prueba del rigor del clima; era un edificio que lo confiaba todo a la calefacción artificial. Y en una situación así me sentía más perdida que nunca. Me encogí en un ovillo, tratando de darme calor a mí misma; los dientes me castañeteaban, como en los dibujos animados que veía de niña. Nunca había creído que eso fuera posible.

El museo parecía de papel; un juguete en medio de la furia del viento. Temblaba como si fuera a caer; como si fuera a desmoronarse de un momento a otro. Lo más que se me ocurrió fue agazaparme debajo del mostrador, el lugar que me pareció más recogido.

No sé cuánto tiempo pasé ahí con las piernas encogidas y un nudo en la garganta, apoyada la cabeza en el bolso, escuchando los silbidos del aire y el balanceo de los cristales, acompañado por el tintineo de gotas de una lluvia que, intuí, se había desatado durante mi cautiverio. Sólo sé que, mientras me encontraba en medio de esa zozobra, con el corazón desbocado, oí un fuerte estruendo, que me hizo chillar del intenso pavor que sentí. Los cristales habían cedido; se habían desplomado sobre el suelo y habían dejado el museo a la intemperie.

Con todo, entonces cesó aquel frío glacial; y quizá fuera ésa la causa de que no acabara cogiendo una pulmonía aquella tarde. Apenas tocaron los cristales el suelo, el viento refrenó su cólera, como satisfecho por ver su objetivo cumplido, y la temperatura empezó a ascender.

Salí de mi escondite y caminé con cautela por la sala, cuidando de que ningún vidrio se me clavara en los zapatos; aunque parecía imposible. Aquello sí que era dantesco. Pero, si había cesado el frío, ahora era un calor que se hacía más intenso por momentos. En especial lo noté a medida que subía las escaleras para llegar a la primera planta, la que estaba expuesta al cielo abierto. Y entonces, a medida que ascendía, notaba que una luz que del piso superior provenía empezaba a dañarme las pupilas. Necesité llevarme una mano a los ojos y con la otra asir la barandilla, como si estuviera ciega, y caminar más despacio.

¿A qué se debían aquellos extremos? En aquel instante tuve la plena convicción de que todo había acabado; de que aquello era el final, el apocalipsis. No sabía cómo había llegado a esa situación, qué era lo que pasaba; pero estaba segura de que no habría otro amanecer.

Autor: Javier García Sánchez,

desde las tinieblas de mi soledad,

05-09-2018.

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