UNA NUEVA ETAPA (CCXXVII)

Aún no consigo saber cómo pude llegar al final de la escalera, con los ojos en las tinieblas y pisando unos añicos que amenazaban con hacerme resbalar y dar con mi cuerpo en tierra, para al punto ser atravesado por aquel ejército de minúsculos cristales. Pero el caso es que lo conseguí; salvé la distancia y llegué al piso superior. Y entonces, ya sin barandilla a que agarrarme, pero también sin escalón que me entorpeciera el paso, recuperé parte de mi autonomía. Lentamente retiré la mano que como una venda había cubierto mis ojos, para comprobar que toleraban la luz.

La fortuna quiso favorecerme; las imágenes se me ofrecieron en un tono obnubilado, borroso, confuso; mis pupilas se adaptaron poco a poco, pero al final consiguieron descifrar lo que ante mí se encontraba.

Lo primero que corroboré fue el suelo convertido en un enorme charco de vidrios; incluso las vitrinas habían sucumbido. Ahí había fósiles al alcance de la mano, tan indefensos como yo, aunque ellos no estaban ni de lejos tan aterrados; acaso porque los seres que habían sido habían perdido la vida hacía millones de años.

Pero no tuve tiempo de fijarme en todas aquellas reliquias, que en una situación normal me habrían cautivado durante horas, porque había algo más apremiante que centraba toda mi atención; y ese algo procedía del exterior; más concretamente, del cielo. En medio de aquel penetrante resplandor -al que, repito, mis pupilas habían conseguido adaptarse- pude distinguir, a lo lejos, una enorme bola de fuego con dos figuras en su interior. La bola parecía aproximarse a gran velocidad; y, conforme se acercaba, más nítidas eran las figuras. Si al principio éstas me habían sido indescifrables, ahora podía distinguir dos hombres enzarzados en una feroz batalla. La contienda parecía igualada; tan pronto uno acometía contra el otro con su espada, como éste repelía el golpe e iniciaba a su vez el ataque, tan infructífero como el de su rival.

Y a todo esto la bola de fuego no dejaba de aproximarse más y más. De haber seguido así, me habría engullido; pero hubo un momento en que uno de aquellos seres se abalanzó con saña tal contra el otro, que la bola, del mismo que había aparecido, se esfumó.

Estabilizada la temperatura, sin comprender nada, veía apagarse el bravo resplandor que había despertado mi atención. ¿Dónde estaba el final temido? Todo debía acabar de un momento a otro, pero mi muerte no llegaba.

En medio de mi desconcierto reparé en una vitrina que había quedado intacta; única superviviente de aquel armagedón. Creo que fue aquella anomalía lo que me impulsó a acercarme a ella. Acaso no sirviera de nada. Lo más seguro era que el misterio continuara indescifrable; pero nada perdía por intentarlo.

Si la temperatura se había normalizado, sentí un intenso escalofrío tan pronto satisfice mi curiosidad y vi lo que ante mí había: sin leyenda alguna que definiera el panel, se me presentaba una cronología de una muchacha desde su infancia, con imágenes de la misma. Había un amplio lapso de tiempo que estaba vacío, pero luego continuaba. En la imagen final, la muchacha, ya convertida en mujer, empuñaba una espada.

Autor: Javier García Sánchez,

desde las tinieblas de mi soledad,

06-09-2018.

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