UNA NUEVA ETAPA (CCXXVIII)

La muchacha -o la mujer, mejor dicho- tenía el pelo alborotado, caído por sobre sus hombros; una rabia que se reflejaba en su centelleante mirada, acaso arrebatada de odio. Los ojos, concentrados, acechaban al frente, acaso en guardia de algún posible ataque; idea que parecía corroborar la tensión muscular de sus brazos cuando sujetaba el arma, pronta a blandirla para segar tendones y arrancar vidas. Todo en aquella imagen rezumaba fuerza; cólera, me atrevería a decir.

¿Era de verdad posible que aquella vitrina reflejara una vida desde su nacimiento hasta su último suspiro? Imaginé multitud de cosas, sin acertar a dar credibilidad a ninguna.

Otro interrogante que me carcomía las entrañas era ese amplio vacío, que, según la impresión que me dio, debía de ser la mitad de la vida, como si ésta aún no estuviera escrita; pero es que el final, por el contrario, sí que aparecía. Era una secuencia larguísima; y me maravillaba el gran cambio que se daba desde la primera hasta la última; la transformación de una chica tímida en una aguerrida guerrera. Pero es que, si algo me dejó ciertamente paralizada y sin aliento, fue adivinar desde el primer momento que aquella mujer era yo misma

Muchas preguntas afluyeron a mi cabeza; todas ellas sin respuesta, como no podía ser menos. ¿Quién había elaborado aquella cronología?, ¿Qué estaba pasando?, ¿Por qué faltaba todo aquel lapso de tiempo? Y, por si fuera poco, ¿Cómo podía haberse dado aquel cambio en mí? Desde luego, hacía mucho que había dejado de ser la niña tímida de las primeras escenas; pero, ¿Cómo había llegado a meterme en una guerra?, ¿Cuál era la razón del fuego que encerraban mis pupilas? Mi hermana y mi madre me habían dicho que tenía mucho carácter; un temperamento muy fuerte e irascible; y yo misma me lo había notado. Pero mis ataques esporádicos no podían compararse con la mirada que ahí había esculpida

Aquella cronología no podía ser real; por otra parte, ¿cómo no iba a ser real, cuando acertaba en todo? Ahí aparecía el día que perdí la virginidad; un viernes, en los lavabos de una discoteca, con un chico a quien ya no volví a ver; también estaba Érika, una compañera del instituto con quien me morreé una vez, cuando las dos estábamos como una cuba; la fiesta de despedida, la historia con Luis y todo hasta el mismísimo instante en que me encontraba; y justo ahí se iniciaba el borrador. Siendo así, ¿cómo dudar de la veracidad de la última escena?

En cualquier caso, sabía que no iba a sacar nada en claro. Y, por otra parte, no podía permanecer ahí por más tiempo. Como ya he dicho, estaba oscureciendo, y el suelo estaba anegado de cristales; debía regresar al mostrador para descansar un poco, ahora que todo parecía haber terminado. No me importaba que amaneciera y me vieran tendida en medio de aquel destrozo. Después de lo que había vivido, prefería que así fuera; sería la mayor prueba de que aún no había desaparecido el mundo que había conocido. Además, después de unas emociones tan intensas, mis nervios estaba tan rotos como los cristales del museo.

Autor: Javier García Sánchez,

desde las tinieblas de mi soledad,

08-09-2018.

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