UNA NUEVA ETAPA (CCXXX)

-Entonces, ¿erais vosotros los dos que estaban en esa bola de fuego?

-Así es.

-Curioso. Dos divinidades sacudiéndose hostias con espadas. ¿Cómo es eso posible? ¿Cómo es posible que una entidad superior, o dos, utilicen un arma que no se emplea en toda la tierra desde hace siglos? Ahora nosotros nos matamos con armas de fuego; pero vosotros seguís con algo obsoleto.

-La diferencia está en que nosotros no podemos morir; es una gran diferencia entre un ser humano y una divinidad. Conocemos el dolor; y, entre nosotros, es éste el que marca las derrotas; pero ninguno de los dos expirará, ya le claves una lanza o le dispares con mis cañones a la vez. Así las cosas, preferimos herirnos con espadas, que implican un contacto directo. La espada, los movimientos que hace, son una prolongación del brazo; y, tener al otro delante para clavarle la mirada al tiempo que se le atraviesa; oprimirle con el fuego de los ojos mientras el vil metal le cercena las entrañas, es algo que no puede aportar una pistola. El elemento psicológico es muy importante entre nosotros.

-Pero dices que no podéis morir, y, sin embargo, sí que podéis sufrir. ¿Cómo es eso posible? El dolor va asociado a quebrantos de órganos vitales, a daños en ocasiones irreversibles… Si pincharse con una rosa puede ocasionar un leve sangrado sin importancia, que te atraviesen de lado a lado con una espada no te permite contarlo.

-En nuestro caso, sí.

<<Como has dicho, se producen esas invasiones y esas roturas; pero nuestros cuerpos se regeneran al instante. Somos la materia creadora; no hay lugar para que perezcamos.

-Vale. Haré como que lo he entendido. Ahora explícame lo de la vitrina. Sabías que estaba en el museo, que me había escondido debajo del mostrador; tú mismo lo habías organizado todo. Es obvio que también sabes de qué te estoy hablando.

-La vida tiene un trazo más o menos estable. Siempre hay un margen de maniobra; el individuo puede tomar decisiones que modifiquen lo que está escrito; y entonces se trastoca todo el orden; surgen nuevas combinaciones y se reescribe toda la historia. Pero, a falta de esos desvíos, todos tenemos la nuestra, incluso las divinidades; y todas, como ya te digo, se interrelacionan.

-¡Pero eso es terrible! ¡Me siento humillada! ¡Como una simple marioneta!

-No te lo tomes así. Eres igual que todos. Ni mi hermano ni yo podemos escapar al destino. ¿Que eres una marioneta? Todos lo somos, aunque hay un pequeño margen de maniobra.

-Pero tú conoces mi historia. De no ser así, no me la habrías mostrado. ¿Por qué borraste esa parte?

-Habría condicionado tus actos si la hubieras visto.

-En cambio, no te opusiste a que viera esa última escena. ¿De verdad ésa soy yo?

-Sí; lo eres.

<<No me importó dejar esa imagen, porque es un futuro muy remoto, y perfectamente podría no darse; pero, si se diera, te serviría para estar mentalizada y comprender un poco mejor.

-¿Comprender el qué? Aparezco en una guerra. Yo, que nunca he tocado un arme y huyo de las tracas; y, además, sujeto una espada cuyo filo brilla tan arrogante como mi propia mirada. Desde luego, si no te explicas un poco más, creo que no lo entiendo. Me haces retroceder 15 siglos y me das el carácter de una amazona.

Apenas dije esto, mi cerebro empezó a atar cabos. Todo me parecía absurdo, pero no hallaba otra explicación posible. Sin decir nada, Luis leyó en mi mirada lo que intuía.

Autor: Javier García Sánchez,

desde las tinieblas de mi soledad,

12-09-2018.

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