UNA NUEVA ETAPA (CCXXXIII)

Reemprendimos la marcha en silencio, mientras trataba de asimilar cuanto habíamos hablado. Al cabo de unos pocos pasos volví a oír cierto griterío; las calles comenzaron a poblarse; el viento se calmó un poco; los bares aparecieron tan abarrotados como de costumbre. El tiempo había vuelto a activarse; de nuevo tenía cobertura en el móvil.

Llegamos frente al hospital al cabo de unos diez minutos. Eran poco más de las ocho, aunque para mí habían pasado casi dos días; y aún no entiendo cómo pude tenerme en pie. Las voces se habían apagado, una vez más, por el respeto que se debía a los pobres infelices que se debatían entre las fragorosas aguas del río Leteo. Luis se despidió para deshacer su trayecto.

-Tranquila; aún no ha salido. De hecho, será mejor que vayas a buscarle; no es un momento agradable para nadie.

-Está bien. Por cierto: me dijiste que os habíais enfrentado por el alma de Iván…

No me atreví a terminar la frase; no sabía si debía hacer aquella pregunta; si procedía. Luis comprendió, y respondió sin esperar a que acabara.

-Esta vez gané yo.

Y se alejó de aquella manera enigmática que le había visto en las últimas ocasiones.

Entonces traté de recobrar la compostura. Todo había regresado a la normalidad -o a lo que a mí me parecía normal.-. Ya conocía la suerte que había corrido Iván; ahora quedaba ver cómo se encontraría Gabi.

Subí a la planta de intensivos y me encontré con una escena fúnebre, como era de esperar: los padres, los hermanos y la esposa del difunto no hallaban consuelo; mi chico, junto a unas mujeres de su familia política, permanecía a un lado, callado. No había nada que pudiera decir o hacer, como tampoco podía hacerlo yo. Me acerqué a él y le di un abrazo.

-Mi primo ha muerto.

-Lo siento mucho. Lo supuse cuando vi la escena.

-Es algo my desagradable; sobre todo para ellos. Pero ahora al menos todo ha acabado. Organizar todos los trámites del funeral y del entierro también será algo violento; pero al menos ya ha terminado la zozobra.

Aún estuvimos una media hora. Pasado este tiempo, nos despedimos. No se nos hacía fácil dejarlos en medio de aquella situación, pero ambos estábamos muy cansados; en especial yo. La familia lo entendió; ya habíamos hecho mucho durante aquella semana.

-Perdona -le espeté a Gabi apenas salimos del hospital.-; sé que querrás ir a casa; que es tarde… Yo también estoy agotada, pero me duele la cabeza. ¿Te importa si antes de regresar damos un paseo?

-¿En serio? ¿Tiene que ser esta noche?

-No es por capricho, sino porque me encuentro mal.

Gabi accedió, a pesar de las pocas ganas que tenía. Pero mis palabras no revelaban toda la verdad. Era cierto que estaba un poco mareada; pero había algo más.

Lo llevé hasta el museo de antropología, ansiosa por saber en qué estado encontraría el recinto; si lo vería convertido en un amasijo de cristales rotos, acaso con la policía o o los bomberos rodeando los escombros.

Pero no. El museo estaba en pie; todos los cristales estaban en su sitio. Ahí no había ni rastro de la catástrofe que tan aterrada me había tenido. Callé mi asombro y emprendimos la vuelta, mientras me preguntaba si estaba cuerda.

Autor: Javier García Sánchez,

desde las tinieblas de mi soledad,

16-09-2018.

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