UNA NUEVA ETAPA (CCXXXV)

-¿Pues sabes que me parece hermosa esa manera de ver la vida?

-Imagino. Cuando mi padre me contó estas cosas, envidié a mi primo. Él hacía la vida que yo siempre he anhelado; vivir en este mundo y, al mismo tiempo, de espaldas a él; enfrentarme a quienes te dicen que has de trabajar duro y renunciar a tus sueños para ganar una miseria. Y eso, dedicándose al arte, con letras que reflejan los placeres de su existencia o que denuncian el mundo en que vivimos.

-Se nota que lo admirabas.

-No sé. A él apenas lo conocía; pero admiro su filosofía de vida. Y me da mucha rabia no haber tenido nunca esa entereza para hacer lo que él hacía.

<<En una ocasión vi una comedia romántica surrealista; me encantaría que alguna noche la viéramos juntos. Se titula El lado oscuro del corazón; y trata precisamente de eso, de un joven bohemio que desoye los consejos de quienes le instan a encontrar un trabajo y se convierte en poeta urbano; escribe por placer y vive de lo que la gente le da. Pero yo, teniendo en cuenta los problemas de salud que siempre he tenido; que no escribo poesía; y que como novelista tampoco consigo arrancar algo que se precie, no puedo hacer eso.

-Creo que tu problema está en la falta de confianza; en que siempre te ha ido mal en la vida; y eso hace que tengas la autoestima baja y que te falte un estímulo. Pero es sólo una cuestión de constancia. Estoy segura de que, si verdaderamente te lo propusieras, podrías escribir.

En aquel instante sonó mi móvil; era Mayra. No les habíamos advertido nada de lo sucedido.

-Hola, tía. ¿Cómo vais? Esta mañana no os hemos visto el pelo.

-Y esta tarde tampoco nos lo veréis. Ayer falleció el primo de Gabi; esta tarde es el funeral.

-Pobre. Pasamelo si está por ahí.

-Llegamos al velatorio hacia las 17:00. Tuvimos que coger un autobús especial que nos llevara al recinto, situado a las afueras de la ciudad. En el edificio, un recibidor espacioso daba acceso a las salas, la mayoría para la despedida de difuntos. Nos dirigimos a una que tenía marcado el número 5 en metal arriba de la puerta. Sobre una mesa había páginas de un periódico que recogían la trágica muerte de una promesa de las letras de su tierra y de su lengua. Acompañaba el artículo una fotografía del pobre chico. Me recordó a Gabi; con la barba recortada y el pelo rapado; sus hermosos ojos marrones sonreían picaronamente, insinuando una complicidad con la cámara. Era un tipo muy atractivo.

Ahí estaban los padres de Gabi, que habían hecho el viaje para ver al pobre desdichado por última vez. El tío estaba visiblemente consternado, pero contenía su pena y atendía a quienes llegábamos para darle el pésame; su mujer, en cambio, estaba sentada en un sofá, del cual apenas se levantaba. Supuse que aquel acto había sobrepasado su resistencia, y que había tenido que tomarse un calmante, porque parecía sedada. Sus primos, también serios, aparentaban algo más entero que los padres. Marta se acercó a nosotros.

-Muchas gracias por venir.

-No hay de qué -respondió mi chico-. Antes coincidíamos en las bodas. Ojalá hubiera sido en otras condiciones.

En una salita contigua estaba el cadáver, con el rostro sereno y marmóreo. A decir verdad, hablo guiándome de suposiciones. No pasamos de la puerta; noté que Gabi se mareaba sólo con la idea de ver que ahí yacía un ser a quien había conocido y al cual había guardado cierto aprecio, y con todo el tacto que pude me lo llevé de ahí, antes de que se pusiera mal.

Autor: Javier García Sánchez,

desde las tinieblas de mi soledad,

20-09-2018.

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