UNA NUEVA ETAPA (CCXXXVI)

Salimos al espacio común y dejamos a sus tíos que recibieran las visitas restantes. Ahí, frente a la puerta número 5, había unos bancos metálicos rodeando la gran superficie, detrás de los cuales había macetas con plantas; y, en medio de todo, un vacío cuadrado, desde donde, asomados, podíamos ver la planta baja.

A decir verdad, no llegamos a sentarnos; no pudimos. Había demasiados familiares; Gabi no dejaba de hablar con sus primos. Su padre había hecho aquel esfuerzo por reunirse con sus hermanos, a pesar de lo mucho que le costaba salir de casa. Intercambiaba charlas con todos, a pesar de que -según supe después- se le hacía un tanto difícil; notaba mucho el paso del tiempo; ya no reconocía a aquellos jóvenes con los que había vivido tantos años y había compartido su infancia.

Estábamos con sus padres cuando se acercó un tipo que tenía un gran parecido físico con mi suegro, aunque se diferenciaba en que usaba lentes, y en que los pocos mechones que adornaban su calva eran rizados. Era el penúltimo, profesor de derecho en otra universidad, por suerte. Creo que Gabi no habría soportado la presión de pensar que su tío daba clases en la facultad.

Posteriormente, mi chico me refirió algunas anécdotas sobre aquél, que con anterioridad le había contado su padre. Según me dijo, el hombre se había moderado; pero en su día le había tenido celos a su padre. Es decir: era una mezcla de admiración y de envidia. De niños siempre le obedecía; siempre hacía lo que le sugería el otro, por ser menor; hasta el punto que un año mi suegros decidieron casarse a escondidas, por lo civil, y sólo se preocuparon por llevar los testigos, uno de los cuales era aquél. Pero al año siguiente, el hermano menor quiso emular la gesta y que el otro fuera su testigo; y, si no lo hizo, fue tan sólo porque al final su esposa se opuso. Ésta no era mala mujer, aunque sí demasiado escrupulosa y beata; la típica mujer que se come tres o cuatro misas todos los domingos.

De su adolescencia era otra anécdota graciosa: por ser mi suegro un año mayor, había iniciado antes el servicio militar; pero él nunca había sido un soldado modelo, y menos en aquella época de dictadura. Su madurez, su rebeldía, afectaba no solamente a sus pensamientos, sino a sus palabras y sus actos; y, por ello, sintiéndose un espíritu libre, siempre que podía se escapaba del cuartel y se iba a clase o a ver a la que entonces era su novia. Pero al año siguiente de esto fue su hermano quien inició el servicio militar, con la mala suerte de estar estrictamente vigilado, debido a las picardías de mi suegro. De eso se quejó el chico cuando fue a casa.

En medio de la pena que reinaba aquella tarde, confieso que me reí mucho, como lo haría en días posteriores, al conocer las hazañas de mi suegro; cómo se había encerrado en la universidad con otros estudiantes para protestar contra la dictadura; cómo había corrido delante de los grises; cómo, incluso, en una ocasión fue llamado a declarar a la capital ante el TOP, un tribunal muy denostado en aquella época; y cómo, para no gastarse una peseta en aquellos tiempos de tanta pobreza, había ido hasta allá en autostop.

Desde luego, mi suegro merece un capítulo a parte. Aquella tarde se ganó todo mi aprecio.

Autor: Javier García Sánchez,

desde las tinieblas de mi soledad,

21-09-2018.

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