UNA NUEVA ETAPA (CCXXXVII)

Que el primo de Gabi era alguien popular lo demostraba no sólo el hecho de que varios periódicos se hubieran hecho eco de su triste fin; sino, además, la gran cantidad de amigos que habían acudido a la ceremonia. Faltaban muchos, así como familiares, a quienes la mala nueva les había pillado en ocupaciones personales que les impedían desplazarse; o bien aquejados de alguna dolencia. Y, a pesar de ello, perfectamente llegábamos a las doscientas personas.

Ya separados del hermano menor de mi suegro, se nos acercó otro, el tercero. Era soltero, tres años mayor, algo más bajito; y también se le notaba más demacrado. Era más blanco, con la tez sonrosada, al estilo de los habitantes de los países nórdicos; los mechones de la cabeza aparecían un tanto despeinados, con algunos pelos de las cejas que crecían desmesuradamente, como queriendo formar una enredadera que trepara hasta la cima de su despoblada calva; y una verruga afeaba su frente. Su tono de voz era bajo, un tanto inaudible, debido a la falta de dientes. Desde luego, la diferencia con mi suegro parecía mucho mayor; quizá de diez años. Me pregunté si tendría algo que ver en aquel envejecimiento prematuro la mirada melancólica que descubrí en sus ojos; unos ojos que, aunque trataban de sonreír, no podían ocultar la honda desilusión y frustración que el paso de los años habían acumulado sobre sus espaldas. Lo veía y sentía pena; pero, además, recordaba haber visto tantas veces esa mirada en Gabi, que me asustaba pensar que toda aquella nostalgia pudiera algún día hacer estragos semejantes en mi chico.

En medio de aquella charla abrieron una amplia sala, el auditorio, donde tendría lugar el homenaje a Iván. La gente entró y pronto quedaron cubiertas las butacas delanteras. Nosotros, algo más rezagados, no quisimos darnos prisa, y cuando llegamos tuvimos ciertas dificultades. Gabi y yo decidimos separarnos de sus padres y de su tío, por ver que sería imposible hallar cinco huecos contiguos. De hecho, mucha gente se quedó de pie.

La muerte de aquel pobre chico había sido algo terrible, pero el funeral era todo un éxito. Muchas de las personas ahí presentes habían cogido un vuelo ese mismo día desde la isla natal de su madre, donde veraneaba y era tan conocido, con el expreso deseo de dar el pésame a la familia y participar de aquel acto. Era algo muy tierno.

La escena estaba flanqueada por varias banderas de la tierra, formadas por barras horizontales donde alternaban los colores amarillo y rojo. Una música suave empezó a sonar mientras todos guardaban silencio. Arriba, la viuda esperaba a que cesara la melodía, acompañada por unas nueve personas. Cuando la sinfonía calló, se acercó al micrófono y agradeció nuestra asistencia. Tras ello, todos bajaron del escenario; después, las nueve personas que la habían acompañado se turnaron para leer cada una un poema de Iván, siempre acompañado por emotivas palabras que recordaban anécdotas divertidas; como una vez, cuando el poeta ya conocido se levantó sobre la mesa de un bar, con completa espontaneidad, sin importarle los desconocidos, e improvisó un poema en alabanza del menú. Fue algo cómico, que despertó las sonrisas de todos. Aquella tarde una chispa de humor se incrustaba entre la desgracia.

Autor: Javier García Sánchez,

Desde las tinieblas de mi soledad,

24-09-2018

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