UNA NUEVA ETAPA (CCXXXIX)

<<Había también un capitán un poco chulito que me miraba con desprecio porque sólo era un simple soldado y porque hacía lo que me daba la gana; nunca iba a sus clases. Había un examen al final del año; yo no estudié más que el último día. En un par de horas me leí el manual y saqué la máxima nota. Desde entonces me trató con más respeto; era más amigable y receptivo después de que me nombraran cabo primero. De hecho, como yo tenía formación, admitía mis críticas si en algún escrito había alguna falta de ortografía. Por entonces escribir correctamente era todo un logro.

<<En el fondo era una buena persona; no se le veía un partidario del régimen, sino, en todo caso, un pobre desengañado, que veía que aquella dictadura absurda no tenía ningún sentido. Al final me cogió afecto, y me pidió que continuara; pero yo le dije que no. Fui muy cortés; le di las gracias, pero le dije que aquello no era para mí. Se llamaba Mechero de apellido; y al acabar el año nos regaló un mechero a todos.

<<Después continué la universidad. Organizábamos protestas y encierros. En una ocasión iba corriendo  para escapar de los grises y entré en una panadería, como lo más normal del mundo; como si todo aquel problema no fuera conmigo. Aquello era desconcertante. El régimen agonizaba tanto como el dictador; cada vez éramos más los que le plantábamos cara y nos burlábamos en sus narices. Algunos caían, pero no había nada a hacer; enseguida brotaban nuevos fuegos. Si mataban a uno, diez se unían a la causa.

<<En una ocasión, cuando iba a la facultad me paró una pareja de grises. Me hablaron en un tono prepotente; me dijeron que ya sabían lo que estaba estudiando, y me preguntaron cómo me iba. Yo me mantuve natural; les respondí sonriente. Por más que quisieran intimidarme, no tenían nada contra mí; no tenía las manos manchadas de sangre, al contrario que ellos.

<<A los de filosofía era a los que más manía nos tenían., y con razón. La universidad siempre ha sido; ahí la gente e formaba, se abrían conciencias. Pero para eso la filosofía era aún más peligrosa, porque enseñaba a pensar. De hecho, después de que el régimen cayera, los sucesivos gobiernos de esta dictablanda en que vivimos no han hecho otra cosa que quitar horas de filosofía en los institutos. Y antes era obligatoria para todas las ramas; ahora se ha quedado sólo para los de letras.

Aquella cena se me hizo muy amena; me reí mucho mientras escuchaba aquellas historias. Ya no quedaba rastro del incidente de aquella comida de unos meses antes; todas esas anécdotas me habían hecho olvidar esa desagradable experiencia. Aquel hombre, aparentemente tan tranquilo, en su juventud se había enfrentado a la dictadura; se había expuesto, con el riesgo de pisar la cárcel, y había salido airoso. Tenía ante mí a una leyenda viva.

Fue una lástima que aquella plática no tuviera lugar en verano, durante una comida. Nos habríamos extendido por más tiempo; ni Gabi ni yo habríamos notado el cansancio. Y, además, no habríamos tenido el problema de los exámenes. Pero, por muy a gusto que me sintiera, aquella noche no era la más idónea para estar despierta hasta tarde.

Autor: Javier García Sánchez,

desde las tinieblas de mi soledad,

27-09-2018.

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