UNA NUEVA ETAPA (CCXL)

Nos dejaron en casa y regresaron al pueblo. Tomamos la decisión de no ir al entierro; era un acto que nos parecía demasiado triste. Además, los padres de Gabi tendrían que volver a hacer aquel trayecto tan largo y tan pesado; y, dado que llegarían a casa entrada la madrugada y que la ceremonia estaba programada para las diez, no tendrían tiempo de descansar. Y mi chico y yo, aunque lo tuviéramos más fácil, no podíamos seguir faltando a clase.

Todo habría sido más fácil si hubiera mantenido aquel desapego que tenía por los estudios cuando era adolescente; o si de repente no me hubieran nacido esos escrúpulos que me hacían ser tan correcta en todo; no querer saltarme las normas o intentar camelarme a los profesores, como hacían algunas de mis compañeras. Recuerdo que en el instituto me inventé mi propio idioma, una especie de parsel. No había manera de que me pillaran; si alguna vez hubieran descubierto las chuletas, no habrían visto más que unas palabras indescifrables.

¡Qué poco tiempo había pasado desde aquello! Pero, al mismo tiempo, ¡cuán grande era la diferencia en mi modo de ver las cosas! Ahora me pasaba horas enteras en la biblioteca; Gabi y yo nos quedábamos a comer en la facultad; acumulábamos botecitos de café vacíos sobre la mesa. Más de una vez acabé el día con dolor de cabeza, mareada de aquel sobreesfuerzo y de tantas leyes y datos absurdos. Quizá algún día me convirtiera en alguna prestigiosa jurista, como ambicionaba; pero, si lo conseguía, sería a costa de un gran esfuerzo.

Y, tal como temía, acabé bajando el nivel. No era sólo que mis calificaciones fueran más discretas, sino que hubo exámenes a los que no me presenté. Aquel ritmo me había superado. La magia del primer año, aquellas matrículas, ya no se repetiría. Lo único bueno, dentro de lo que cabe, fue que las dos últimas asignaturas fueron las que me dejé; y, gracias a ello, tuve una semana para recuperarme. Semana que no tuvo Gabi, que prefirió mantener aquel maratón para quitarse materia de encima, y que luego tuvo que enlazar con el curso tras reposar sólo el fin de semana. No entiendo cómo pudo conseguirlo. Aquello me parecía excesivo.

Por suerte, aquel trágico suceso que nos desvió la atención durante esas últimas semanas no tuvo réplicas durante el resto del curso, y todo se fue normalizando. Juan continuó con su vida bohemia, cada vez más distante de nosotros; empezó a ausentarse, y puso en peligro la carrera. Y todo por una mujer, la primera que le había cruzado los cables. Pero nosotros no podíamos hacer nada; tratamos de hacerle entrar en razón, pero pronto lo dimos por imposible.

Cuando el curso terminó, si he de ser sincera, me sentía vieja. Había pasado el segundo año; había muerto un ser querido; había confesado a Gabi mi secreto; había tenido aquella experiencia sobrenatural… Me daba la impresión de que todo transcurría demasiado deprisa. Si Gabi tendía a ponerse nostálgico, lo mío era diferente; yo sentía vértigo. Veía cómo pasaban los días, cómo se consolidaba mi relación y avanzaba en mis estudios; y, por extraño que suene, sentía miedo.

Autor: Javier García Sánchez,

desde las tinieblas de mi soledad,

28-09-2018.

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