UNA NUEVA ETAPA (CCXLI)

CUADERNO DE GABRIEL

UNA NOCHE ACIAGA (I)

Aquella noche había decidido dar el paso. No sabía exactamente si era lo correcto; procedía con mucha cautela; con temor, incluso. La fuerza que le movía era, más bien, la asfixia que le producía pasar tantas horas encerrado en casa, acosado por una soledad que los años habían acrecentado, hasta el punto de generarle una honda angustia; la necesidad acuciante de huir de sus pensamientos, de su fracaso como persona, que le impelía; escapar por unos instantes de sus fantasmas y sentir la vida, siquiera fuera tan sólo para compartir una parte de ésta; para por unos minutos sentirse parte de la misma.

Sólo así se explicaba que hubiera accedido a asistir a aquella reunión anónima, a donde acudía con la única esperanza de pasar desapercibido; escuchar las voces ajenas y permanecer callado, como solía hacer, como un simple expectador. No se sentía con fuerzas para abrir un diálogo; para entablar una amistad, por superficial que fuera. Tal era la inseguridad y el desprecio que por sí sentía.

Cuando llegó aún era temprano. Se sentó frente a una mesa y pidió una cerveza; la consumía a sorbos cortos, al tiempo que alzaba la cabeza y clavaba la mirada en la pared de enfrente, decorada con motivos que hacían referencia a años en que él ni tan sólo había nacido; años de protestas, de ansias de cambio y de esperanzas por un futuro mejor. Había botellas de alcohol vacías, que daban un toque más transgresor y rebelde, con fotos de cantantes que ya no eran más que las sombras de sus glorias, cuando no cadáveres de los que no quedaban más que tristes recuerdos.

Sumergido en sus reflexiones y en las nostalgias que le provocaban esas imágenes, apenas se percató de cómo se llenaba el bar y surgían las voces a su alrededor; de cómo frente a sus pupilas se cruzaban tantos desconocidos. Cuando se dio cuenta, se encontraba flanqueado por un hombre alto, rubio, que hablaba con un acento tosco y rompía en sonoras carcajadas. Su sola presencia se le hacía muy incómoda. Pensó en irse, pero no se atrevió; no tenía fuerzas para ello. Le había costado mucho salir; y en su casa, además, no tendría más que la consabida soledad.

Pidió la segunda cerveza y agachó la mirada sumisamente; posó los ojos sobre la mesa de madera, manchada por los círculos acuosos que dejaban las bebidas. Sus pensamientos quedaban ahogados por los ecos de las conversaciones que le llegaban; por el vocerío del rubio que despotricaba a su lado y que escupía las palabras sin cuidar de sus formas.

A su izquierda había una mujer que por momentos intervenía en el animado coloquio y lo alegraba con su voz dulce; su acento delicado y sensual le acariciaba los oídos. Quizá no fuera consciente; mas, en el fondo, si no se iba de ahí, era porque le hechizaba escuchar su timbre agudo y su risa coqueta. Tenía una larga melena que le caía ondulada, con algunos mechones salvajes que adornaban sus mejillas y su frente; unos ojos castaños que miraban con viveza y acompañaban unos labios juguetones. La había observado furtivamente, abrumado por su belleza; mas había vuelto a esconder pronto los ojos entre la cerveza, que se consumía lentamente.

Autor: Javier García Sánchez,

dessde las tinieblas de mi soledad,

30-09-2018.

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