UNA NUEVA ETAPA (CCXLVII)

CUADERNO DE GABRIEL

LA GRAN BATALLA (VI)
Subió a lomos del unicornio y rodeó su cuello con ambos brazos; el animal reemprendió el vuelo y se alzó con sus poderosas alas. Conforme tomaba altura, sentía que la respiración se le dificultaba, mas no hizo ademán de protesta. Cuidaba de guardar con cuidado la filosa espada para no herir a la bestezuela, que pronto ganó en velocidad. Sentía las fuertes ráfagas de aire contra su rostro; cerró los ojos y asió las crines para evitar caer al vacío; a aquella selva que iba quedando atrás para perderse en la distancia. Pero, si tal hubiera sucedido y por un mínimo instante hubiera soltado el pelaje de su fiel compañero, en breve habría perecido, mucho antes de tocar tierra, perdida la protección que le daba el contacto con el ser alado.

El trayecto duró varias horas; tiempo que se le antojó demasiado largo, y quedó dormida sobre las espaldas del animal. Aquélla había sido la parte más dura; la prueba más difícil de cuantas había enfrentado. Sentía menguadas sus fuerzas, a pesar de no haber movido un músculo; tal había sido la tensión por el desplazamiento y el efecto causado por el cambio de atmósfera.

Cuando recobró la conciencia, mucho más tarde, se encontraba en un palacio acristalado, iluminado por una luz resplandeciente, como la que la había cegado cuando el unicornio se apareció. Frente a ella, de pie, con mirada concentrada, se encontraba el venerable anciano de luengas barbas. La observaba con paciencia, esperando que se recobrara del aturdimiento. De repente habló:
-Hola. ¿Qué tal el viaje. ¿Te encuentas bien?
-Como si hubiera transcurrido un año. Es como si hubiera venido a pie; me siento agotada. Nadie me había dicho que el trayecto iba a ser tan pesado.
-¿No creerías que esto era un juego?
-¿Acaso tengo pinta de tomarme esto como un juego? Creo que salta a la vista que no. He venido decidida a emprender el combate y a arriesgarme. Sólo digo que ignoraba la dureza de la travesía.
El hombre la miró con asombro. Había sido un error amonestarla; lo sabía. Ella había sido seleccionada para aquella misión por su carácter resuelto, por su compromiso con la causa. Sabía que la necesitaba; que era la pieza clave para vencer en aquella cruenta guerra. Que le respondiera así a él, la autoridad suprema, le encolerizaba; pero, al mismo tiempo, le generaba un sentimiento de aprecio y de orgullo. Sabía que ella no se arredraría ante ninguna circunstancia; que moriría por la defensa de su honor y de su libertad antes que doblar las rodillas.
-Perdona. Tienes razón. Creo que es mejor que descanses; ya hablaremos mañana.
-No, gracias; prefiero que antes me cuentes cuál es la situación; cuáles son nuestros efectivos; si hemos tenido muchas bajas… Así podré hacerme una idea.
Parecía que se cambiaban las tornas. Ella era la subordinada, pero era quien marcaba los tiempos. Aparentemente, el anciano condescendía en aquel menoscabo de su autoridad; le satisfacía el coraje de la muchacha.
-Como desees. No creía que quisieras empezar tan pronto, pero tu ánimo me complace. Ahora entiendo por qué fue tu rostro el que me revelaron las aguas del lago sagrado.
Autor: Javier García Sánchez,

desde las tinieblas de mi soledad,

16-10-2018.

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