UNA NUEVA ETAPA (CCLXIV)

De aquella manera velada se iba instalando la dictadura en el país, así como ocurría en las demás naciones. Eran golpes blandos, incruentos, donde los ultraconservadores alcanzaban el poder por la vía legal y luego se dedicaban a desmantelar -aunque fuera escandaloso- la trama que les había permitido llegar ahí, para que en adelante ya nadie pudiera hacerles sombra.

Y, mientras esto sucedía, nosotros tratábamos de seguir y salir adelante con nuestras vidas en aquel mundo de sombras, teñido de blanco y negro.

El mismo año que me licencié empecé a calentarme la cabeza para encontrar un trabajo; envié solicitudes a varios países, pero mi ciudadanía extranjera era una rémora en tiempos tan convulsos; y quedarme en mi tierra tampoco me hacía gracia.

Fue entonces cuando en mi universidad se ofreció un proyecto de investigación conjunto con otros estudiantes del viejo Continente. La idea me sorprendió. Hacía meses que se había suspendido la colaboración con las demás potencias; pero entonces, para asombro de todos, surgió aquella posibilidad. Cuando fui a informarme, me dijeron que se trataba de formar dos equipos, integrados por veinte personas cada uno, que pasarían dos semanas en Kenya; serían alojadas de forma gratuita por sus universidades en hoteles de lujo, y los centros se encargarían de todos los gastos; y los miembros de la expedición, además, serían remunerados con mil dricmas, la moneda más fuerte que había, nacida hacía dos años.

La información que me dieron era, por tanto, incompleta. En ningún momento me dijeron qué habría que hacer durante esas dos semanas; sólo me dijeron que habría que investigar. Seguramente fue por esa vaguedad que fuimos muy pocos los que presentamos la instancia para participar en el proyecto. En mi caso accedí porque era así de intrépida; y en aquel entonces quería obtener mi primer trabajo; y, si no lo era exactamente, me serviría para ganar mil dricmas, una fortuna, y tan sólo por dos semanas. Aunque, a decir verdad, no me hubiera importado que hubiera sido por más tiempo; mi país estaba cada vez más insoportable. Otra cosa que me llamó la atención fue el destino de nuestra misión: Kenya, ni más ni menos; el país que estaba trastornando el mundo entero, y a causa del cual iba a desangrarse.

La mañana en que nuestra universidad debía dar el fallo de quién concurriría a la expedición, Gabi y yo nos presentamos en el rectorado; y entonces vimos que, de los trescientos aspirantes, sólo lo habían elegido a él, el que mejor curriculum tenía; yo había quedado muy rezagada, en el puesto catorce. La noticia nos impactó un poco; no sabíamos exactamente qué criterios habían seguido para wlaborar aquella lista. Gabi tenía el mejor curriculum; y yo me sentía orgullosa de él; pero, ¿era equivalente nuestra carrera a una ingeniería?, ¿A medicina?, ¿A magisterio? Era obvio que no podían hacerse comparaciones. Pero lo peor era que sólo viajaría uno; y ello significaría que el otro debería quedarse; que no tendría más remedio que esperarle durante dos semanas, no sólo sin su compañía, sino encerrada en el estercolero que era mi paíis, aguardando una guerra que nos sepultaría a todos.

Autor: Javier García Sánchez,

desde las tinieblas de mi soledad,

12-11-2018.

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