UNA NUEVA ETAPA (CCLXV)

-Puedo cederte mi plaza; sería mejor que fueras tú.

-¿¡Qué?! ¡No! ¡Ni hablar! Te han elegido a ti; sería injusto.

-No sería injusto si los dos estamos de acuerdo. No me importa no ir. A decir verdad, lo que me atraía era la posibilidad de salir del país contigo; pero irme solo no me convence.

-¿Y crees que a mí sí? ¿Crees que me convence irme sola; dejarte en este lugar asqueroso, y además sabiendo que no lo merezco?

-No es eso, cariño. Sé que preferirías que pudiéramos ir los dos; pero tú te apuntaste al proyecto con mucho entusiasmo; yo, en cambio, lo hice sólo por ir contigo. Es por eso que, si alguien tiene que ir, ésa eres tú.

-También podría quedarme; hay doce personas por delante de mí.

-Sí; podrías quedarte. Pero creo que lo necesitas; que te iría bien vivir esta experiencia. Saldrás del país, vivirás aventuras, escaparás por unas semanas de toda esta tensión, y ganarás tu primer dinero. Éste, por suerte, no es un problema para mí; mis padres son ricos, como ya ves.

-Pero protestarán cuando vean que me cedes el puesto.

-Que protesten. La plaza es mía; me he ganado el derecho a elegir quién ocupa mi lugar en caso de renuncia; y, ¿quién mejor que mi novia?

-No sé, Gabi, cielo. La propuesta es muy tentadora; y te agradezco la oferta. Pero serán dos semanas durante las cuales estaremos separados; y no serán dos semanas cualquiera. Esto ya no es como el verano. Entonces pasábamos dos meses separados y estábamos nerviosos, pero sólo por la tontería de no estar cara a cara. Ahora, en cambio, la guerra puede estallar de un momento a otro.

-Pues más motivo para que salgas. Si hay guerra, no vas a conseguir nada con quedarte.

-¿Y tú sí?

-No; yo tampoco. Pero sólo puede irse uno; el otro se quedará. Y cuando todo esto pase, podremos intercambiar nuestras anécdotas.

<<Cariño, hazme caso. Voy a estar bien. Y esta experiencia te conviene.

Finalmente, me dejé persuadir. Cuando Gabi me hablaba con aquella seriedad, mezclando el tono calmado con la ternura, rara vez podía resistirme. Sabía que me estaba condenando a una larga separación; que quizá nunca volviéramos a vernos. Pero él insistía, y no había medio de hacerle desistir. Saldría para dos semanas; pero, ¿quién me garantizaba que durante ese lapso no estallaría la guerra? Si eso ocurría, ¿cuándo podría regresar? Al volver, ¿encontraría a Gabi?, ¿Habría muerto en mi ausencia? ¿Y qué pasaba con mis padres y mi hermana? Me embargaba la zozobra, pero no podía hacer nada; mi familia se había puesto de su parte. Me sentía culpable, a pesar de que nada había hecho; todos buscaban mi seguridad, a costa de separarme de ellos.

Gabi consiguió salirse con la suya; habló con el rectorado y pudo cederme la plaza. Luego llegó la última semana, la de los nervios y las despedidas; los besos que tenía que repartir, las caricias, las lágrimas… Aquella última semana se me hizo un suplicio; no sabía cuándo acabar de despedirme; no hacía otra cosa que llorar.

Gabi y mi familia me acompañaron al aeropuerto. Apuramos juntos hasta el último segundo. Y entonces, cuando iba a cruzar la puerta de embarque, anunciaron por megafonía la muerte del presidente.

Autor: Javier García Sánchez,

desde las tinieblas de mi soledad,

13-11-2018.

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