UNA NUEVA ETAPA (CCLXVI)

Un escalofrío recorrió todo mi cuerpo. Pensé en retroceder, pero sabía que todos se opondrían; y que para mí, a decir verdad, lo mejor sería largarme.

Esperaba que abrieran el embarque cuando por megafonía empezó a circular una biografía laudatoria de aquél a quien consideraban nuestro líder. Yo trataba de ignorarla, pero la voz del orador estaba amplificada; por más que quisiera escuchar algo de música con el móvil, ésta quedaba ahogada por el panegírico, más falso que la mirada de un jugador de póker.

Subí al avión quese nos había destinado a los cuarenta voluntarios, cada uno procedente de un país, y me senté en el lugar asignado, junto a la ventanilla. Desde ahí vi cómo tomábamos altura y se empequeñecía la tierra, hasta casi poder cogerla con una mano. Me iba de un país que hallaría completamente cambiado cuando regresara. Si de algo estaba segura, era de que dejaba atrás una vida llena de comodidades; y que, en su lugar, ya no habría más que incertidumbre.

A mi lado había una chica alemana. Estuvimos sin hablar durante un buen rato, inquietas; escuchábamos con atención un boletín especial de noticias, transmitido en inglés, para que todos nos enteráramos. Nuestro vuelo había sido el último en salir; desde esa noche quedaba definitivamente cerrado el espacio aéreo. La muerte de nuestro presidente había sido la excusa que los líderes mundiales llevaban aguardando durante tantas semanas para comenzar a pegarse hostias; el detonante que ansiaban para convertir el mundo en una ensalada, cuyo aliño sería la sangre de tantos inocentes. Lo peor, para mis seres queridos y para mí, era que nuestro país había tenido el triste privilegio de de ser uno de los teatros de las operaciones.

En el complicado juego de alianzas, Estados Unidos y Canadá formarían un sólido bloque junto a Europa, de por sí insuficiente para resistir al poderoso ejército ruso, que esta vez se apoyaba en los alemanes. El problema que tenía el Viejo Continente era que sus aliados también tenían sus propios problemas; por primera vez en su historia, los latinoamericanos hablaban con una sola voz y se enfrentaban a los dos gigantes del norte, especialmente resentidos con los gringos, que tanto habían abusado de su fuerza. Los yankis, que siempre habían confiado en repeler con su acostumbrada soberbia cualquier conato de insurrección, veían cómo sus vecinos latinos, alentados por el gobierno indio, se convertían en una seria amenaza. El armamento que la nueva superpotencia les brindaba podría arrasar grandes ciudades y hasta borrar del mapa la patria del Tío Sam; los misiles habían vuelto a Cuba; y media docena de submarinos se acercaban a Nueva York. Los estadounidenses, aterrados, trataban de ultimar un acuerdo con China, su última esperanza; de otra manera, los latinos, y hasta la propia Rusia, a través de Alaska, podrían invadir su territorio. El gobierno neocomunista, temeroso de rusos e indios, también quería tomar las armas; pero sabía que, si lo hacía, Japón y las dos Koreas reaccionarían.

La tensión aumentaba por segundos. En medio de aquella zozobra, la única región que aún escapaba a la gran locura era África.

Autor: Javier García Sánchez,

desde las tinieblas de mi soledad,

14-11-2018.

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