UNA NUEVA ETAPA (CCLXVII)

-¿Cómo acabará esto?
-Quién sabe. Casi tenemos que dar gracia por habernos largado; pero ya no estoy segura de que en dos semanas estemos de vuelta. ¿Recuerdas aquellas dos guerras? Esto podría durar años; y olvídate de saber de los tuyos; todas las comunicaciones están cortadas. Las noticias que nos lleguen serán siempre noticias generales, informativos acerca del conflicto; y ya sabes que todo habrá que cogerlo con alfileres. Toda la información vendrá filtrada, interpretada.
-Sí; es cierto. Y no quiero ni pensar en cómo puede acabar mi país. Después de cuatrocientos años de paz, se embarca en otra aventura imperialista. Parece que el paso de los siglos no sirvió de nada; que en su interior la fiera sólo estaba dormida, resentida por aquellas humillaciones. Ahora, después de tanto tiempo, ahí tienes a mi tierra, convertida en una isla dentro del Viejo Continente.
-No has de lamentarte ni avergonzarte por ello; lo que hace tu país es algo normal. Obra así porque tiene fuerza. Estados Unidos, Rusia, China o Japón también tienen fuerza y cometen abusos; y España y Portugal los cometieron en su día. Y el régimen que hay hoy en Alemania no es peor que el que hay en cualquier otra parte del mundo. ¿O acaso crees que es preferible el gobierno de alguna otra nación europea? Ya te digo yo que no; y menos el mío.
-Sí; supongo que tienes razón. Pero no puedo evitar pensar así. Ahora que ha estallado la guerra y tomo parte de la expedición, siendo originaria del único país que se enfrenta a la gran coalición europea, me siento como una intrusa.
-No seas tonta. ¿Qué culpa tienes tú de las decisiones de tu gobierno? No tienes que preocuparte por nada. Aquí estás entre amigos; todos vamos a colaborarpara que el tiempo se nos haga lo más agradable y lo menos largo posible.
-No sé. Tú pareces una buena persona, y ojalá los demás piensen como tú; pero ahora mismo me siento insegura. Si de verdad van a aceptarme, primero quiero verlo.
La poca luz que quedaba en el momento de iniciar el vuelo pronto desapareció, y nos sumergimos en unas tinieblas que nos sobrecogieron; aunque aquel primer vuelo, en medio del vendaval que estaba a punto de azotar el mundo, se me hizo más llevadero de lo que esperaba. Las cinco horas que duró se me pasaron sin apenas darme cuenta. Cuando nos aproximábamos a Nairobi, vi de nuevo la tierra; esta vez una tierra muy distinta de la que había dejado atrás, ya en continente africano, con gentes muy distintas de las que conocía. La capital, vista desde el cielo, no pasaba de ser una oscura mancha, moteada por unos cuantos puntos blancos, los que le permitía su aún débil economía, aunque ya mucho más estable que la que tenía cinco años antes; los grandes edificios, y aún los rascacielos, empezaban a abrirse paso en un paisaje donde antes sólo había casas bajas, muchas de ellas en ruinas.
Sólo bajar del avión nos encontramos con un fuerte cordón policial. Era ya entrada la madrugada; debíamos ir al hotel. Todos estábamos ansiosos por descansar. Un avión nos esperaba a la entrada del aeropuerto.
Autor: Javier García Sánchez,

desde las tinieblas de mi soledad,

15-11-2018.

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