UNA NUEVA ETAPA (CCLXVIII)

El viaje en autobús duró algo así como media hora. Cuando llegamos a nuestro destino nos encontramos en una gran casa de un solo piso, pero que se extendía a lo ancho hasta donde no alcanzaba nuestra vista, al menos en medio de aquella madrugada. Mi curiosidad tendría que refrenarse hasta la mañana.

Bajé con mis compañeros y con la tutora, una mujer irlandesa con el pelo ensortijado que usaba unos vistosos zapatos rojos de charol, a juego con sus gafas y con su melena incendiaria. Me pregunté si aquél era el calzado más apropiado; y si éste no corría peligro en un lugar donde no podía lucirlo.

En la puerta de la casa, tras ascender una escalinata de cuatro peldaños, nos esperaba un hombre de piel tostada y mirada adusta, vestido todo de negro; fue él quien nos distribuyó en diez habitaciones, por grupos de dos; cinco a cada lado. Mi compañera sería Hanna, la chica alemana que había conocido en el avión. Ella pareció alegrarse; sabía que conmigo, al menos, no tendría rechazo.

A la mañana siguiente la tutora nos despertó a las diez, algo que empezó siendo una actitud molesta. Si la hora era más que normal, dejaba de serlo cuando se tenía en cuenta lo molidos que estábamos por el día tan estresante que habíamos tenido; y que, a decir verdad, nos habíamos acostado a las cuatro. Ya me había acostado a esa hora en otras ocasiones; y más tarde, incluso. Pero no era lo mismo. De haber podido, creo que todos habríamos dormido todo el día.

Nos reunimos en el comedor de aquella especie de palacio. Fue la primera mentira que nos desconcertó. No se trataba de un hotel lujoso, sino de un palacio perdido en medio de un terreno desértico; y ahí no había más integrantes que nuestro equipo, la tutora y el mayordomo, el recepcionista o lo que quiera que fuera. La mujer irlandesa tomó la palabra:

-Buenos días a todos. Mi nombre es Dorothy Mayer; soy la tutora de vuestro grupo, como ya sabéis; el otro se encuentra alejado en el otro extremo de la casa, separado de nosotros por ese grueso tabique que veis ahí.

Dijo, señalando con su delgado y afiliado índice. El tono arrogante que empleaba me incomodó. Los pequeños detalles ya se estaban acumulando, y aquello me desagradaba. La poca información, que se nos mintiera sobre el alojamiento, que apenas se nos permitiera descansar, que se separara a los dos grupos… Y ahora ese tono. Era lo que menos necesitaba. ¿Qué sería lo siguiente?

-Hemos decidido separar los grupos porque creemos que es lo mejor para que no os estorbéis; y el motivo de ello es que esto es una competición; ambos equipos tenéis la misma misión;y los integrantes del equipo que la cumpla ganarán mil dricmas adicionales por cabeza. Esta tarde se os comunicará quién capitanea cada expedición.

Nunca me había gustado competir; era algo estúpido, que sólo fomentaba rivalidades y discordias. Pero ahora esa mujer soberbia pretendía enfrentarnos. Y nosotros, perdidos en un lugar desconocido, no teníamos elección.

-Vuestra misión es sencilla: tenéis que matar a Narayan.

Autor: Javier García Sánchez,

Desde las tinieblas de mi soledad,

15/11/2018.

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