UNA NUEVA ETAPA (CCLXX)

-¿Y prefieres quedarte aquí y esperar a que el mundo acabe de desangrarse?, ¿A que una parte del mundo destruya a la otra? ¿Quieres pasarte años, décadas, sin ver a tus seres queridos? La primera Gran Guerra duró cuatro años; la segunda, seis. Si no hacemos algo, con la tecnología actual todos podríamos sucumbir. ¿Y cómo esperas que sobrevivamos aislados durante una década? Los suministros escasearán tarde o temprano.
-¿Cree que me tiene cogida, verdad? Pues se equivoca. Me duele mucho la idea de pasar tanto tiempo sin ver a mis seres queridos; pero eso no justifica un acto tan atroz como el que nos pide que llevemos a cabo. Y sé que ellos se sentirían orgullosos y me apoyarían si supieran en qué situación me encuentro.
<<En cuanto a los suministros, Kenya ha conseguido ser autosuficiente gracias a que ha roto el yugo de los organismos internacionales; tiene tierra fértil para cultivos, y más después del descubrimiento del nuevo mineral, tan codiciado por otros países.
-Y debido al cual tenemos esta guerra.
-Le ruego que no insista. No pienso tomar parte en esto.
-Veo que tienes las ideas claras. ¿Cómo te llamas?
-Ya debería saberlo. Tómese la molestia de leer nuestros informes, al menos.
-Lo haré, pero aún no he tenido tiempo. Anoche estaba cansada, como todos vosotros; pero para la reunión de esta tarde tendré todos revisados. Quiero veros aquí de nuevo a las cinco.
Regresamos a nuestras habitaciones, agotados por el poco descanso y alterados por las palabras de la irlandesa. Quizá quien peor lo pasara fuera yo, la única que me había atrevido a dar la cara y a interrumpir el discurso de aquella déspota; la había desafiado y había trabado un duelo dialéctico con ella. Sabía que tenía razón; pero no estaba tan segura sobre qué opinión tendrían mis compañeros; ninguno se había dignado abrir la boca para defender mis argumentos. Yo era una persona recta, con ideales sólidos; pero ellos probablemente querrían regresar lo antes posible. Temía quedarme aislada. Toda aquella presión y la rabia por el trato tan injusto que recibíamos terminó por provocarme migraña, agravada por el día nublado y frío, que amenazaba con descargar en cualquier momento.
-¿Qué te ocurre?
Me preguntó Hanna cuando regresamos al dormitorio. Yo me había echado sobre la cama boca abajo, presionándome las sienes con las manos.
-Padezco migraña; y esa hija de puta ha conseguido que me dé fuerte.
-Lo siento mucho. Lo que quiere que hagamos es horrible.
-Sí; claro. Es una barbaridad. Pero fui la única que se atrevió a protestar; nadie me apoyó. Ni tan sólo tú; y eso que tuvo un gesto muy estúpido contigo; parecía que quisiera poner al grupo en tu contra.
-Perdona, Laura. Sé que debería haber hecho algo; pero trata de ponerte en mi lugar. Me siento extranjera, como ya te dije; y su gesto me anuló; me hizo sentir mezquina. No me atreví a tomar la palabra.
-Eso era lo que quería; y lo consiguió.
<<Todos somos extranjeros. La próxima vez has de plantarle cara, desafiarla, como hice yo. Esa hija de puta cree que puede hacer con nosotros lo que le dé la gana; y hemos de bajarle los humos.
<<Y ahora necesito un ibuprofeno.
Autor: Javier García Sánchez,

desde las tinieblas de mi soledad,

21-11-2018.

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