UNA NUEVA ETAPA (CCLXXV)

Aquella madrugada conseguí salir de la casa sin que nadie me viera. Hanna empezó a involucrarse en mis planes; se mostró dispuesta a apoyarme. Y lo cierto es que me fue de una gran ayuda. Fue ella quien vigiló que todos durmieran y quien me facilitó la huida; ella debía vigilar que nadie me viera en el momento de abandonar la casa ni cuando regresara. Si su trabajo era más sencillo y menos arriesgado que el mío, no por eso dejaba de ser muy valiosa para mí.

Kenya goza de temperaturas muy suaves los veranos de madrugada; y eso alivió un tanto mi caminata, que debía ser en la oscuridad y durante algo así como una hora. Ignoro exactamente los kilómetros que anduve, todos en descenso, por suerte; pero a esas horas, sin luz y con sueño, sin acabar de recuperarme nunca del todo, el camino se me antojó igualmente pesado.

Cuando llegué al campamento lo encontré en silencio, como era de esperar. No sabía cómo sería recibida; si todo mi esfuerzo sería en vano y me obligaría a dar la vuelta; si me insultarían y me tratarían con desprecio…

Pero nada de eso sucedió. Di tres golpes con la aldaba y aguardé. Minutos más tarde se abrió la puerta; un hombre con la piel oscura, negra como el carbón, me miraba incrédulo, sorprendido de verme. Yo, por mi parte, también me sentía cohibida por lo que hacía; pero me sentía de alguna manera obligada a ello.

-¿Qué desea -me preguntó-?

-Por favor, es algo muy importante. Necesito hablar con Narayan; corre grave peligro.

-Por favor, pase.

Me llevó por un largo pasillo hasta el comedor de aquella casa. A ambos lados podía observar personas tendidas en el suelo, cubiertas con la poca ropa y las escasas mantas que tenían; casi todas con aquella piel oscura tan propia, como la del hombre que me atendía, que sostenía sobre su zurda un cirio blanco con el que guiaba nuestros pasos. Ahí no vi mueble alguno; todo era muy austero, incluso en la sala a donde me condujo. Ahí, bajo la pálida luz de la vela, aprecié paredes desnudas, hechas de adobe y ladrillo, sucias y rotas.

-Por favor, espere aquí unos minutos -me dijo, una vez que llegamos a la sala, y salió, dejándome en tinieblas. Cada vez albergaba más dudas acerca de mis actos. Hanna tenía razón; aquello era una locura. Y verme ahí, de pie y con la vista opaca, no me ayudaba a sentirme mejor, precisamente.

Salí de mi ensimismamiento cuando vislumbré un haz de luz al fondo del pasillo y oí pisadas, cada vez más cercanas. Iba a conocer al hombre que había oído nombrar por vez primera hacía cinco años; aquél que se había convertido en un héroe para millones de personas y en un dolor de muelas para otros tantos millones; al hombre a causa de cuyos actos, en definitiva, el mundo se desangraba.

Cuando lo tuve frente a mí, pude apreciar a un hombre alto, de 1’90 aproximadamente, con la tez rojiza y una calva prominente, donde asomaban unos mechones blancos, como su luenga barba. Vestía una larga túnica amarillenta, bajo la cual podía ver sus pies, pues caminaba descalzo.

 

Autor: Javier García Sánchez,

desde las tinieblas de mi soledad,

28-11-2018.

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