UNA NUEVA ETAPA (CCLXXVI)

-Hola. ¿En qué puedo servirte?

Me preguntó, con una mirada tranquila. Su voz, sosegada, no mostraba ningún amago de turbación, aunque se notara la lógica incomodidad por haberle sacado del sueño.

-Disculpe que me haya presentado a estas horas, pero era el único momento en que podía hacerlo sin que me vieran. Usted se encuentra en grave peligro; me han encargado que le mate.

Mis palabras no le impresionaron; continuaba impasible, sin alterar un músculo de la cara, como si aquélla fuera una visita normal y corriente.

-Perdona. No puedo ofrecerte ningún asiento; aquí tenemos sólo lo indispensable; nos sentamos y dormimos en el suelo. Durante muchos años este lugar fue una cárcel, según me han dicho; ahora está abandonada, y hemos conseguido que el gobierno nos la ceda. Aquí vivimos más de cien personas, pero todo el mobiliario ha sido entregado a gente que lo necesitaba.

En aquel instante, justo cuando Narayan terminaba de hablar, entraba en la sala el hombre que me había abierto; portaba dos tazas de té, que dejó en el suelo.

-Es lo único que puedo ofrecerte; sírvete.

-¡¿Pero no me ha oído!? ¿Le he dicho que me han pedido que le mate!

-Tranquila. Te he oído; y te agradezco la advertencia; pero no hay motivo para la alarma -dijo, con aquella calma que me desconcertaba. Era su vida la que pendía de un hilo, mas parecía no importarle; en su lugar, era yo la que estaba tensa. Su propia existencia me importaba más a mí que a él; no podía tolerar que fuera a cometerse tal injusticia-. Sé que quieren matarme; ya lo han intentado; pero algunos de los hombres que viven aquí lo han impedido.

Tenía la cabeza gacha; con una mano removía la bolsita de té en el vaso. Cuando calló, lo llevó a los labios y dio un pequeño sorbo. Yo aún no había probado el mío.

-Pero, si sabe lo que ocurre; si sabe cuál es el peligro que corre, ¿por qué no hace algo?, ¿Por qué no se esconde -le inquirí, con lágrimas ya pugnando por brotar de mis ojos-.

-Perdona. Tú sabes quién soy; pero yo no sé ni tu nombre.

-Laura.

-Laura; bonito nombre -dijo, con una sonrisa. Entonces levantó la mirada y la clavó en mis pupilas-. Eres una buena persona; lo prueba el hecho de que hayas venido hasta aquí en mitad de la madrugada, sola, violando las normas que te habían impuesto, arriesgándote; igual que lo demuestra el brillo de tus pupilas por ver que mi vida se apaga. ¿Cuántas personas obrarían como tú? ¿Cuántas tendrían un espíritu tan hermoso, un alma tan heroica?

<<Te agradezco mucho que te preocupes por mí; que lamentes mi asesinato antes de que se haya producido. El mundo sería más bello si hubiera más gente como tú.

-¡¿Pero por qué no hace algo!? ¡¿Por qué no se esconde -inquirí, rompiendo el llanto-!?

-No puedo esconderme; eso sería ir contra mis principios; admitir que he hecho algo malo; cuando no he hecho otra cosa que ser fiel a mi conciencia; y, siguiendo los dictados de ésta, salvar de las hambrunas y de las epidemias a millones de personas. Asumo todas las consecuencias de mis actos.

Autor: Javier García Sánchez,

desde las tinieblas de mi soledad,

29-11-2018.

 

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