UNA NUEVA ETAPA (CCLXXII)

-Además, de nada me serviría intentar esconderme. ¿Crees que no me encontrarían? Desgraciadamente, ya no hay ningún lugar seguro.
-¡Pero no lo entiendo -exclamé, compungida. Me anunciaba su próxima muerte como lo más normal; no entendía que no le aterrara-! ¡Su vida está en juego y a usted parece no importarle! ¡¿Cómo puede estar tan tranquilo!?
-Laura, querida, entiendo tu reacción; es normal que te afecte tanto, siendo tan sensible y tan joven. Pero con el paso de los años te darás cuenta de que la vida está sobrevalorada; que nuestra existencia es efímera, intrascendente. Todo tiene un principio y un fin. No podemos elegir cuándo comienza, pero sí cuándo termina. Este último paso a la mayoría de la gente le cuesta; pero la muerte es inevitable. Mejor que uno mismo decida el cómo y el cuándo.
<<Verás, Laura: tengo sesenta y tres años; por el momento gozo de buena salud y carezco de motivos que me lleven a querer abandonar este mundo; pero, si otras personas quieren acabar conmigo y no puedo impedirlo, es inútil darle vueltas.
<<Cuando vine aquí y me enfrasqué en este proyecto, lo hice con el ferviente deseo de traer un poco de luz a esta tierra tan desolada. Si en mi conducta había algo de vanidad, no voy a negarlo; es posible que así fuera. Pero, si ése era el caso, no me di cuenta. No he buscado popularidad, del mismo modo que no he buscado dinero; todo lo contrario. En La India yo era rico; formaba parte de la casta más elevada. Si hubiera querido una vida cómoda, sin preocupaciones, me habría quedado en mi tierra. Al venir acá me he empobrecido; pero no me ha importado.
<<Quizá debí haber prevenido las consecuencias que todo esto podía entrañar; pero creo que nadie podía imaginar que el mundo había alcanzado semejante grado de locura. Y, además, aunque lo hubiera sabido, no es seguro que me hubiera detenido. Mírate a ti. Estás cansada, has corrido un riesgo muy grande… Otra persona en tu lugar habría acatado las órdenes por simple instinto de supervivencia; pero tú las rompiste, porque entendiste que esas normas eran repulsivas e injustas; preferiste ponerte en peligro y ser fiel a tu conciencia. Eso mismo he hecho yo.
En ese momento sonó mi móvil.
-Disculpe; es sólo un minuto.

<<Era mi compañera de habitación; quería saber cómo me encontraba. Ella me apoya.
-Me alegra saber que no estás sola.
<<Ahora creo que es mejor que te marches; es tarde. Puedo pedirle a alguien que te acompañe en coche.
-Muchas gracias, pero no es necesario -respondí, entre los sofocos que me producía el llanto-. Además, podrían oír el motor, y entonces me descubrirían.
<<Pero se me hace inexplicable la situación. Tal vez mañana deba regresar para matarle; o pasado; o en una semana. Y usted me ofrece té y ayuda para regresar.
-Cada uno obra conforme a los dictados de su conciencia. Estoy convencido de que no me matarás; te has tomado muchas molestias por mí; y puedo sentir la calidez de tus lágrimas y la bondad de tu alma. Y, si me equivoco y me matas, lo comprenderé. Por otra parte, si fueras tú, moriría tranquilo; pues sabría que en tu mano la compasión sustituiría al odio.
Autor: Javier García Sánchez,

desde las tinieblas de mi soledad,

30-11-2018.

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