UNA NUEVA ETAPA (CCXCI)

He expuesto a grandes rasgos las repercusiones que tuvo aquella guerra relámpago a nivel mundial. Ahora voy a contar lo que encontré a nivel personal; cómo repercutió en mí toda aquella locura.

Fue en febrero del año siguiente cuando pudimos emprender el regreso, tras cinco meses del conflicto bélico. Fue un viaje cargado de emociones. Atrás quedaban todas las esperanzas, todas las ilusiones que habíamos depositado en aquella expedición; un país que había renacido y había conocido una prosperidad nunca antes soñada, había vuelto a quedar sepultado por las ruinas; y, bajo sus escombros, las vidas de millones de personas, entre las cuales figuraba la del héroe del cambio, convertido en villano a los ojos de las mentes más ambiciosas, aquéllas que gobernaban la política mundial.

Hanna y yo volvimos a viajar juntas. Pasamos la mayor parte del vuelo en silencio, pensativas, con las manos entrelazadas. El cielo oscurecía lentamente; se iba bañando en una especie de mar de fuego, que inevitablemente nos recordaba a tanta sangre como había tenido las calles.

Sobrevolamos ciudades desiertas, con edificios derruidos por las bombas, muchas aún sin haber recuperado el alumbrado eléctrico. Meyer, Kwocynski y el segundo grupo, ajenos al destino que les esperaba, nos acompañaban, con las dos dirigentes henchidas de orgullo, seguras de una recompensa que no llegaría más que de una manera violenta y cruenta. Los de mi grupo, en cambio, estábamos sombríos, ignorantes de que nuestro único castigo sería obligarnos a vivir entre toda aquella desolación.

Ya en el aeropuerto, Hanna y yo nos despedimos con un beso pasional. Nunca creí que esa alemana sencilla y tímida llegara a cautivarme tanto, a marcarme tanto; nunca sospeché que nuestro contacto durante aquellos meses sería tan intenso; y – aún menos- nunca se me pasó por la cabeza que llegaría a acostarme con ella y que llegaría a gozar de esa forma. No volvería a verla hasta muchos años más tarde, en unas circunstancias especiales que explicaré en su debido momento.

Me costó regresar a casa más de lo que esperaba; la red de autobuses estaba colapsada; las carreteras, muchas de ellas cortadas. Mas lo peor fue cuando llegué a mi domicilio; o, al menos, a lo que menos de un año antes había sido mi domicilio. El edificio ya no existía; se había convertido en un amasijo de tierra y rocas. Entonces empecé a dar vueltas por el pueblo, desesperada, ansiosa por saber de los míos. Aquello estaba irreconocible. Las antiguas murallas donde había estado con Gabi y donde Luis y mi hermana lo habían pasado en grande, el bar donde Demelsa nos había atendido tan amablemente… Nada de aquello existía ya. La gente, amedrentada, estaba encerrada en sus casas. Llamé a la puerta de algunos conocidos; unos no respondían; otros, sólo después de muchas precauciones me abrieron; y entonces me hicieron partícipe de sus horrores, que también pasaron a ser míos.

Autor: Javier García Sánchez,. Desde las tinieblas de mi soledad.

04/01/2019.

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