UNA NUEVA ETAPA (CCXCII)

Entré en la casa de unos amigos de mis padres. La esposa, una mujer sexagenaria, con el cabello cano recogido en un moño, me abrió; estaba envuelta en un batín rosa pálido. Me hizo pasar al comedor, una sala muy espaciosa y muy bien amueblada, con un hogar de los antiguos, donde crepitaba la leña, que en nuestra presencia se consumía entre lastimeros quejidos. Las llamas del fuego producían la poca luz que alumbraba la estancia; un juego de sombras se proyectaba por el suelo y por las paredes; los objetos ahí presentes apenas podían distinguirse en medio de semejante penumbra. Pude identificar una mesa que, por lo que sabía de otras visitas, era de caoba, y adornaba el centro de la estancia; y una alta estantería repleta de libros, si bien sus títulos ya se me hacían indescifrables.

La escena que he tratado de describir, así vista, no voy a negar que parece bella, con un toque romántico, más tierna aún por la taza de té que me sirvió la buena mujer, y que me ayudó a entrar en calor. Pero el relato de aquella anciana restaría parte de su encanto a la estampa.

-¡Laura, querida! ¡Cuánto tiempo! ¡Ya creía que nunca más volvería a verte – dijo, cuando me sirvió el té y se sentó a mi lado en un desvencijado sofá de color verde oscuro, donde algunos descosidos dejaban la espuma a la vista-!

-Yo también me alegro de verla, señora Agustina. ¿Cómo se encuentra?

-¿Que cómo me encuentro? Pues debería dar gracias de estar viva; otros no han tenido esa suerte. Aunque, visto cómo está todo, ya no estoy segura de si estar viva es una suerte o una condena.

Sus pupilas estaban grises. Me sorprendió que pudiera verme; por un momento llegué a creerla ciega; pensé que no me reconocía más que por mi voz. Sin embargo, se desenvolvía con soltura; había de tener algo de visión. Y, además, la penumbra me confundía; no podía sacar buenas conclusiones. En aquel caso, de lo que sí estoy segura es de que sus ojos estaban húmedos; me lo confirmaba su palabra vacilante y temblorosa, temerosa por las noticias que había de contarme.

-¿Por qué dice eso, señora Agustina? He estado fuera desde que empezó la guerra; regresé anoche. ¿Qué ha pasado?

-Ahora el pueblo está más calmado; los gendarmes alemanes parece que por fin nos han dejado en paz; pero al principio no era así. En todas las calles hay una patrulla vigilando para que no se produzca ningún alzamiento; pero ésa es su única función. Si alguien entra a robarnos, no mueven un dedo.

-¿A robarles? ¿Pero quiénes? Aquí nos conocemos todos.

-¡Ay, Laura! ¡Hija mía! ¡Cómo cambia el hambre a las personas! Vivimos tiempos muy duros; hay carestía; y la gente tiene que comer. Ahora hay gente que mata por un pedazo de pan. Durante la guerra eran nuestras tropas las que se llevaban nuestras provisiones al frente; después, cuando fuimos derrotados, fueron los invasores quienes se dedicaron al pillaje, en parte para sobrevivir; en parte para humillarnos. Y ahora son los propios vecinos. Personalmente, esto me parece peor. Antes al menos estábamos unidos; ahora nos matamos entre nosotros.

 

Autor: Javier García Sánchez,

Desde las tinieblas de mi soledad.

05/01/2019.

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