UNA NUEVA ETAPA (CCXCIII)

-Sí; tiene razón. Es muy triste eso que me cuenta, señora Agustina. ¡Y dónde está su esposo?

-Mi esposo murió el segundo mes después de empezar la guerra.

-¿Qué ocurrió – Pregunté con sincera compasión. Sentí que un frío glacial me invadía.

-Al poco tiempo de iniciarse las hostilidades se comprobó lo insuficiente que era nuestro ejército para hacer frente a la poderosa máquina alemana. Nuestro país, además, entonces atravesó una fuerte crisis diplomática. Tras la trágica muerte de nuestro líder, nos sentimos desamparados, huérfanos; moralmente hundidos.

Hasta la propia señora Agustina había caído en esa estúpida veneración al dictador. Lamentaba su ocaso, por más que fuera un manipulador de las masas y un conservador racista y xenófobo. Si no le repliqué, fue por respeto a su edad y a lo buena persona que era. Aquella pobre mujer ya cargaba bastante dolor; no era cuestión de provocarle más pesar;era preferible mantenerla en su ignorancia.

-Tras aquel fatídico día se constituyó un Comité de Salvación Nacional, encargado de racionar los alimentos y de efectuar las levas. Todos los varones entre dieciocho y treintena y cinco años tuvieron que acogerse a un reclutamiento forzoso.

El relato de la anciana me estremecía más por momentos. Un reclutamiento forzoso. Eso era horrible; significaba que todos, quisieran o no; aunque no hubieran hecho el servicio militar y ni siquiera supieran usar un fusil, habían tenido que entolarse; y eso implicaba a Gabi.

-Pero el reclutamiento forzoso fue inútil; no sirvió más que para enviar a la tumba a pobres jóvenes que en su vida habían aprendido a usar un arma y para matar de pena a sus madres; muchas de ellas murieron por la angustia de ver cómo les arrancaban de las manos a sus hijos. Sólo por eso me alegro de que mi Raúl y yo no tuviéramos. Siempre estuvimos apurados de dinero; un hijo era un lujo que no podíamos permitirnos. Y fue una suerte. De otro modo, a día de hoy me habría abatido el llanto, como a tantas amigas.

Los alemanes nos arrollaron. Al segundo mes se hizo patente que había que incrementar las levas; y no hubo más remedio que estirar la franja hasta los sesenta y cinco. Mi pobre Raúl estaba a punto de cumplir los sesenta y seis; pero, por menos de una semana, no pudo. Una tarde se presentaron aquí dos oficiales uniformados y le ordenaron que recogiera sus pertenencias y les acompañara. Nunca más volví a verlo. Dos semanas más tarde recibí una carta del ejército notificándome su muerte. Había muerto por la patria; debía sentirme orgullosa de él, me decían. Había muerto con honor. ¡Malditos bastardos! ¡Allá se metan la patria por donde les quepa! ¡Tendrían que matarlos a ellos! ¡Sentados en sus mullidos sillones, engordando todos los días, sacrifican a millones de personas que no querían saber nada de sus ambiciones y de sus estúpidas guerras!

La señora Agustina lloraba ya con gran amargura. No eran unas pocas lágrimas como antes, sino un llanto desesperado. Tenía mucho dolor acumulado. Relatarme lo que le sucedió a su esposo le hizo revivir el drama y reabrir las heridas.

Autor: Javier García Sánchez,

Desde las tinieblas de mi soledad.

06/01/2019.

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