UNA NUEVA ETAPA (CCXCIV)

Pero entonces, sumida en la compasión que me inspiraba la pobre mujer, no pude evitar recordar el principal objetivo de mi visita; y, a su vez, alarmarme ante la terrible noticia que ya vislumbraba como una sospecha que se materializaba en una fatal certeza. Temía la verdad, la respuesta que estaba a punto de conocer; pero más me acongojaba la duda. Lo que hubiera sucedido, fuera lo que fuera, necesitaba saberlo.

-Señora Agustina, vengo de mi calle; mi finca está en ruinas. ¿Sabe usted algo de mi familia?

-¡Ay, querida! ¡Ojalá pudiera darte buenas noticias!

Tu padre, igual que mi esposo, no estaba hecho para la guerra; y ya tenía una edad, además. El desgraciado cayó una semana después de mi pobre Raúl.

Era el golpe que temía. Me quedé helada, incapaz de articular respuesta. La señora Agustina me lo contó todo.

-Cuando se llevaron a tu padre, les insistí a tu madre y a tu hermana para que se instalaran conmigo; les dije que aquel edificio era poco seguro; que su altura lo convertía en un suculento objetivo para las bombas; era mejor que me hicieran compañía y que nos apoyáramos en nuestra soledad.

Conseguí persuadirlas, y tú hermana y tu madre estuvieron en esta casa hasta hace tan sólo una semana. Fueron meses entrañables, a pesar de la tristeza por nuestra viudez.

-Pero, Señora Agustina, ha dicho que estuvieron con usted hasta hace una semana. ¿A dónde han ido ahora?

-¡Ay, hija mía! Tu madre no se ha ido a ninguna parte. Tú madre se murió de pena.

Ese golpe no me lo esperaba. Lo de mi padre me afectó, como no podía ser de otra manera; pero era algo que de alguna forma había asimilado previamente.

Normalmente los varones se involucran más en las guerra; y los hombres de edad avanzada tienen aún más riesgo de muerte. Por eso, y por el destino del esposo de la anciana, me había preparado para lo peor. En cambio, la muerte de mi madre fue completamente inesperada. Recibí el impacto con toda su crudeza. En unos segundos se cruzaron por mi mente miles de imágenes; recuerdos desde la infancia hasta los últimos días, antes de irme a Kenya. Ahí se mezclaba todo; la alegría, la ternura de los momentos más hermosos, con las más agrias discusiones, cargadas de reproches por ambas. Y el efecto de todo aquello fue un gran dolor; una agonía que me hizo llorar sin consuelo.

La señora Agustina, percatada del efecto letal de sus palabras, hizo una pausa para que me desahogar; o, al menos, para que vertiera parte de las muchas lágrimas que me estaba provocando esa detestable guerra. Mientras lloraba, se levantó y fue a tientas hasta la cocina para traerme un vaso de agua. La bebí a sorbos cortos, compungida, humedecidas las mejillas; sentía prolongados suspiros y un cierto malestar en el pecho.

Al cabo de unos minutos, la señora Agustina prosiguió:

-La muerte de tu padre le impactó mucho, pero la presencia de tu hermana y mi compañía le hicieron salir adelante. Además, tenía la esperanza de volver a verte. Pero entonces ocurrió el asalto de las tropas sudafricanas a Nairobi; y eso fue lo que la llevó a la tumba. Creíamos que te habían matado.

Autor: Javier García Sánchez,

Desde las tinieblas de mi soledad.

08/01/2019.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s