UNA NUEVA ETAPA (CCXCVI)

La señora Agustina regresó cargada con una bandeja. A pesar de lo que le había ocurrido y de la penuria en que vivía, no olvidaba la hospitalidad. Siempre había sido así de buena, así de atenta. Tal vez fue eso lo que le hizo sobrevivir; su suerte le importaba menos que la de los demás. Supongo que así encontraba sentido a su existencia. Seguramente no sería consciente, pero sería su actitud la que la distraería de sus propios problemas; y su modo de actuar, por otra parte, le granjearía el aprecio de muchas personas, que a su vez, la socorrerían. Creo que todos tenemos nuestros propios medios de supervivencia, aunque no siempre nos percatemos.

-Dígame una cosa más, Señora Agustina, por favor: ¿Qué ha pasado con Sara?

-Tu hermana se marchó el mismo día que enteramos a tu madre. Estaba desesperada, la pobrecita. Con la guerra había perdido el contacto con sus amistades, como todo el mundo; y, además, había recibido las terribles noticias que te he comunicado, con el agravante de haber atendido a tu madre y haber visto de primera mano cómo se consumía. Después de todo aquello, no podía quedarse en esta casa; notaba que le faltaba el aire. Traté de detenerla, pero insistió en irse.

-¿Y no le dijo a dónde?

-No. Creo que ni ella lo sabía. Sin dinero, sin comida, ¿a dónde podía ir? Lo único posible es que tratara de ir a la capital, para intentar reunirse ahí con algún conocido. Pero no sé cómo podría hacerlo. Desde el sábado no he tenido noticias suyas.

El relato de aquella buena mujer me dejó fría. Estaba completamente sola. Mis padres habían muerto, y era probable que también mi hermana; aquella hermana con la que había compartido tantos momentos. Me quedaba aún por saber qué había pasado con toda la gente que había formado parte de mi vida, pero no sabía cómo. Sólo había una persona que podía ayudarme; sólo una persona podía darme la información que necesitaba. Y esa persona era Luis.

Aquella noche me quedé a dormir con la señora Agustina. Ocupé la misma habitación que había ocupado mi madre durante seis meses, y donde había pasado su última semana de vida. Era algo que se me hacía entrañable y tétrico al mismo tiempo. Por suerte, me sentía tan agotada, que aquella noche no pude pensar en nada; me quedé dormida sin darme cuenta.

A la mañana siguiente me desperté hacia mediodía, para recuperar las buenas costumbres. Pocos minutos después me despedí de la señora Agustina y salí de su casa, dejándola un tanto consternada. Me fui sin desayunar siquiera; no quería abusar de su bondad y generarle un gasto excesivo. Mi gesto emulaba al que poco antes había realizado mi hermana; y ello debió de apenar aún más a la buena mujer, que me vio marchar con cierto desespero. Imagino que me vio trastornada; que pensó que iba a pasarme algo malo, como tenía que haberle pasado a Sara. Era una lástima dejarla con semejante congoja, pero no podía quedarme quieta; necesitaba salir de ahí, como había salido mi hermana.

Una vez más regresé a los escombros de lo que había sido mi edificio y lo recorrí con calma con la cabeza gacha, en busca de algún recuerdo que llevarme al bolsillo, mientras rumiaba cuál era la mejor opción. Me había ido de casa de aquella mujer; pero tampoco sabía qué hacer.

Autor: Javier García Sánchez,

Desde las tinieblas de mi soledad,

11/01/2019.

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