UNA NUEVA ETAPA (CCXCVII)

Estaba sentada sobre unas rocas de aquellas ruinas cuando de repente observé que un hombre se me acercaba. Su aspecto se me hizo de lo más extravagante: tenía un sombrero de copa que le daba un cierto aire distinguido;cubría sus ojos con unas misteriosas gafas de sol que me privaban de la posibilidad de escrutar las intenciones que se escondían tras su mirada; una oscura y luenga barba le caía hasta el pecho y le calentaba las mejillas. La primera idea que me vino a la cabeza fue que se trataba de un rabino; algo que parecía confirmar su gabardina de piel; una gran gabardina que nacía en los hombros y le llegaba casi hasta los tobillos, con las solapas del cuello levantadas. Su caminar pausado, ceremonial, incluso, junto a la mueca de seriedad que había en sus labios y esas lentes que me negaban el secreto de sus pupilas, me ponían nerviosa. Quería que llegara hasta mí, pero al mismo tiempo lo temía. Eran dos fuerzas opuestas que luchaban entre sí; y, como resultado de tal lucha, me sentía clavada en el suelo, ansiosa. Había algo en la fisionomía de aquel sujeto, en su alta estatura y en su complexión delgada, que me resultaba familiar.

Cuando llegó hasta mí, se detuvo y habló:

-Hola, Laura. Celebro que por fin hayas regresado.

Entonces ya no dudé. Aquel aspecto estrafalario no era más que un disfraz. Siempre tan amante de los juegos, del humor incluso en las situaciones más dramáticas. Aquel tipo era Luis.

No obstante, si lo que esperaba era un buen recibimiento por mi parte, no lo tuvo. En cuanto oí su voz y cayó el velo que me vedaba su identidad, me levanté bruscamente y me abalancé contra él. No me importaba que hubiera gente delante y que me vieran cometer una locura. Al fin y al cabo, la razón a esas alturas ya había muerto para todos.

-¿Cabrón – grité, lanzándome contra su cintura y tratando de pegarle-! ¡Te pedí que cuidaras de los míos! ¿Ahora llego y me entero de que mis padres han muerto!

Volvía a llorar con rabia. Luis me asió de las manos sin decir palabra, esperando a que me desahogara.

-¿Y qué querías que hiciera? ¿Que te dejara sola? Créeme: no habrías sobrevivido. Szvetlana y el otro equipo te habrían eliminado; o tal vez habrían sido los sudafricanos.

Entonces me contó el juicio sumario que había habido esa misma mañana contra la suiza y los demás; y que su ejecución estaba prevista para la tarde.

Tal como era de esperar, mi impulsividad había dado sus frutos; noté cómo la gente nos miraba.

-¿Y de verdad crees que he tenido más suerte que ellos? ¿De verdad crees que me has hecho un favor al salvarme la vida? ¿Qué clase de vida me espera ahora?

-Lo siento mucho, Laura. Esto no es lo que yo quería para ti; mis hombres no pudieron proteger a los tuyos con la eficiencia que debían.

-Ya; eso está claro.

Pero ahora dime qué ha pasado con los demás; con las chicas, con Gabi…

-Tranquila, Laura; te lo contaré todo. Pero ahora es mejor que vayamos a otro lugar donde tengamos más intimidad. Además, estás pálida; te hace falta comer algo.

Autor: Javier García Sánchez,

Desde las tinieblas de mi soledad.

12/01/2019.

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